sábado, julio 31, 2021
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Ana Rosa de Ucayali, sacerdotisa y curaca del Perú salvaje en el siglo XVIII

La joven nativa de la amazonía “en sus primeros años vivió algunos meses en el beaterio de Santa Rosa de Viterbo”, ubicado en Lima, se indica en el documento. En 1790, con poco más de 40 años de edad, los misioneros la encontraron dirigiendo una comunidad de la selva de la actual región de Ucayali, desde la cual se combatió y derrotó a otros aborígenes atacantes de exploradores y evangelizadores que traspasaron los andes

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN

PERÚ BICENTENARIO 02 / 03 / 2020

Mientras en 1790 en la capital peruana y otras ciudades costeñas y andinas la cotidianidad para sus habitantes significaba, por ejemplo, transportarse en lujosos carruajes, brindar con champán, vino o pisco así como disfrutar de platos en base a cerdo o pato, sea en la mesa del hogar o en la de algún lugar público, a cientos de kilómetros detrás de las altivas montañas la vida de las tribus se ejercía de otra manera.

En el siglo XVIII la cotidianidad de los nativos de la selva peruana implicaba surcar los ríos en sus canoas, la pesca con flecha, beber su masato y, al amparo de la tupida floresta, saborear frutos silvestres de los árboles así como jabalí, tortuga o algún otro animal amazónico curtido o recién atrapado.

Era casi finales del virreinato y el Perú era Lima y alguno que otro territorio civilizado en el que para entretenerse se iba al teatro o recorría las variadas y ricas iglesias y, claro, también viajes a disfrutar de las termas y del campo. Otra cosa era salir de expedición evangelizadora desde las montañas de Junín hasta las selvas de las actuales regiones de Loreto, Ucayali y Madre de Dios, por citar algunas geografías.

En 1791 un informe documentado del científico peruano Hipólito Unanue detalló que, entre las personas nativas de la selva, que andaban desnudas o apenas ataviadas, consideradas bárbaras tanto por las autoridades imperiales españolas como por los frailes de distintas congregaciones, apareció Ana Rosa, la joven de la etnia “manoita” que era la sacerdotisa y curaca de una comunidad. Ella había sido rescatada del mundo ‘incivilizado’ y llevada a Lima, donde en un beaterio recibió instrucción cristiana.

En realidad, Ana Rosa en 1790 fue reencontrada de manera casual por el padre franciscano Manuel de Sobreviela, quien para la exploración y activación de antiguas y nuevas misiones religiosas se encontraba recorriendo parte de la selva peruana, para lo cual “salió del colegio de Ocopa el 1 de julio de 1790, y dirigiéndose por Tarma y Pasco, llegó el 7 a la apacible ciudad de Huánuco… La pérdida de las misiones de Manoa ha sido sensible, no solo para los padres misioneros sino también para el Perú, y hasta para el mismo monarca. Su posesión le aseguraba el dominio de vastísimos y feraces países. Las peregrinaciones del padre Sobreviela, y las que de su orden acaba de concluir el padre Girbal, nos dan esperanza de su pronta restauración”, informó el científico Unanue, quien escribía en el periódico “El Mercurio Peruano”.

Ayuda de los conversos

El padre Sobreviela hizo sus recorridos por el río Ucayali y otros en compañía del fraile también franciscano Narciso Girbal y Barceló, así como junto a diversos nativos ya conversos que ayudaron en la exploración con sus conocimientos de la geografía, fauna y flora y protegiendo a los misioneros ante posibles ataques de aborígenes que, por no ser cristianos, vivir errantes y matarse entre unos y otros (y a otros) eran considerados bárbaros.

Decimos que Ana Rosa fue reencontrada porque, de acuerdo a los informes publicados por Unanue en 1791, referidos a los antecedentes de las misiones en esta parte de la selva, detalló que: “Fray Miguel Salcedo y fray Francisco de San José, salieron de San Buenaventura del Valle, a fines de mayo de 1760, con noventa indios, siete europeos y la joven ‘manoita’ a quien ya habían bautizado y puesto por nombre Ana Rosa. El día 8 de julio avistaron las orillas del río Manoa, por donde transitando dos canoas de bárbaros, se acercó la una a ellos instados de Ana Rosa, quien consiguió detener a un indio nombrado ‘Rungato’, todos se calmaron, serían unas 200 personas que gobernadas por el curaca Santorray habitaban una ranchería nombrada Suaray”.

Según se puede concluir de la información documentada de Unanue, cuando el padre Sobreviela, quien había llegado de España a Ocopa (región Junín) en 1785, reencontró en 1790 a la “manoita” Ana Rosa ya esta mujer contaba con poco más de 40 años de edad, la cual “en sus primeros años vivió algunos meses en el beaterio de Santa Rosa de Viterbo”, es decir había aprendido a vivir como una beata. Dicho beaterio era de los dominicos y había sido creado en Lima en 1688 en honor a la santa italiana del mismo nombre.

Comitiva pacífica

Unanue también refirió en su escrito que: “Cuatro días estuvo el padre Girbal con los (nativos) “panos” moradores de la enunciada laguna: el quinto se despidió para ir en busca de los que habitan las orillas del río Sarayacu. Descendió al Ucayali por el mismo canal que surcó a la entrada. Los “sarayacu” se pusieron inmediatamente sobre las armas; pero reconociendo ser una comitiva pacífica, comandada por un fraile de San Francisco, trocaron los instrumentos de guerra por los verdes ramos de la paz, y rodeándolo con mil indicios de cariño, lo condujeron a la casa de la curaca. Distinguíase esta del resto en las demostraciones y en la honestidad del traje, pues figuraba en él a una monja. Aquella Ana Rosa, fue traída por los padres a Lima, en sus primeros años, y vivió algunos meses en el beaterio de Santa Rosa de Viterbo. Conservaba un tiernísimo afecto a la religión cristiana procurando observar sus máximas en cuanto le era posible. Lamentaba la tragedia de los misioneros sucedida en el año de 1767, de la que hacía autores a los “chipeos”, cuyo atentado refería haber sido vengado por los de su nación, que por esta causa les dieron un combate sangriento y los derrotaron. Igualmente, aseguraba que en la entrada del padre fray Manuel Gil por Pozuzo le salieron al encuentro, lo libertaron de los bárbaros que no lo dejaban transitar, y suplicaron a fray Francisco de San José se quedase con ellos”.

“Las relaciones, compostura y deseos de Ana Rosa consolaron mucho al padre Girbal, que siguió su camino a Tarapoto”, refirió Unanue recogiendo el testimonio del padre Sobreviela. De la curaca, sacerdotisa, que por el traje que llevaba puesto afirman tenía aspecto de monja, no se sabe más (por ahora). Habitaba las geografías cercanas al río Ucayali (el río Manao se conoce ahora como río Cushibatay, en Ucayali).

En cuanto al Convento de Santa Rosa de Ocopa, fue fundado por los franciscanos en 1725 con dicho nombre por ubicarse cerca una capilla dedicada a Santa Rosa de Lima (1586-1617), quien fue canonizada en 1671 y beatificada en 1668. Eran tiempos en que los colonos buscaban aprovechar los recursos ubicados detrás del ande, y los religiosos evangelizar a los nativos, quienes luego debían aportar recursos para el sostén económico de la Iglesia.

En la cuenca del Ucayali, donde vivían nativos como los “aguarunas” y salvajes “jíbaros”, siempre lanza en mano, se asentaron diversas misiones religiosas de los franciscanos, 70 de los cuales fueron cruelmente asesinados y sus capillas incineradas. Hoy son considerados mártires de la Iglesia católica.

Llevar a la selva la civilización de Lima, procedente de Europa, contactar con los nativos en las lejanas tierras de los ríos Manseriche, Pastaza y Marañón, por ejemplo, tuvo por décadas olor a muerte y abusos donde debía sobreponerse el objetivo de integrar al Perú esos territorios y sus habitantes. En lo más recóndito del país, a la república instaurada a principios del siglo XIX le ha tomado unos 200 años de vaivenes. Dos siglos de luz y oscuridad.

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