martes, octubre 19, 2021
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Rosa Campusano, la patriota que murió en la miseria y con hijos en la orfandad

Presentamos aquí el testimonio que dejó en una carta a las autoridades suplicando una pensión que le permitiera sobrevivir

Contemporánea al Libertador José de San Martín, esta heroína perdió todos los recursos que aportó a la causa de la independencia

Ilustración: María Acha-Kutscher (peruana radicada en España).

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN

PERÚ BICENTENARIO

Finalmente, lo quiso evitar pero murió en la indigencia y en el olvido. Rosa Campusano Cornejo, residente en Lima en los años de la independencia nacional, tuvo en 1821 la misma intensidad de cercanía con el libertador José de San Martín que la que en 1823 tuvo Manuelita Sáenz con el libertador Simón Bolívar. Esa historia en común fue rescatada por sus biógrafos. Ambas habían nacido en lo que hoy es Ecuador, la primera en Guayaquil, la segunda en Quito, y murieron en el Perú a mitad del siglo XIX tras ser protagonistas de la causa patriótica sudamericana.

Se puede conocer más de la patriota Campusano Cornejo a través de un documento que aquí por primera vez publicamos, en el que ella misma detalla las peripecias que tuvo que vivir pese a la ayuda que prestó a la lucha por la libertad del Perú. Se trata de una carta suya rubricada, y por la negativa respuesta dada por las autoridades peruanas el 22 de diciembre de 1836 quedó registrado el sabor de la injusticia antes que muriera.  

La contundencia de esta respuesta del Estado a su carta lo explica todo: “no bastando los ingresos del Tesoro para los gastos más urgentes, el gobierno se halla privado de concederle a la suplicante el premio que solicita por sus servicios”.

Ni para comer

En esa carta, Campusano Cornejo solicitaba a sus 40 años de edad una “pequeña pensión” que le permitiera sobrevivir junto a sus hijos huérfanos, a los cuales dijo no podía “proporcionarles ni un mísero alimento” pese haber dado cobijo y financiado a los soldados realistas que se enlistaban en el Ejército Libertador como lo fueron “Ansur, Cuervo, Bustamante, Lamadrid y otros”, a quienes proporcionó caballos previamente alquilados.

Dejó claro que no solicitaba un ‘premio’ por sus servicios a la patria, pues dijo que este no tiene precio, sino que por su endeble situación económica se veía obligada a pedir ayuda.

Campusano Cornejo en su solicitud recordó a las autoridades que en represalia los españoles le habían expropiado su casa, así como encarcelada por participar en la peligrosa entrega de correspondencia entre los patriotas, por lo que “fui descubierta y puesta en prisión de la que me libré al cabo de algunos días por el influjo de poderosas personas y el derrame de dinero que hice por mí y otros que me eran compañeros en la causa misma”.

En el conmovedor documento la patriota realiza otras precisiones que impiden que se le continúe olvidando.

Esta es la carta que se encuentra entre los documentos de la Expedición Libertadora con la que llegó San Martín al Perú:

“Excelentísimo señor: Rosa Campusano, con el mayor respeto ante Vuestra Excelencia expongo: que el estado penoso a que me encuentro reducida, con hijos tiernos y sin tener con qué proporcionarles ni un mísero alimento, me hacen atropellar la repugnancia de hacer mérito de un deber a fin de mover la piedad de vuestra Excelencia, para que como padre de los desgraciados, se duela de mi situación, no atendiendo a mis méritos patrios, sino a la precisión que tengo de recordarlos, aunque con rubor.

Dejo aparte los servicios que desde épocas remotas a muchos patriotas, impelidas de aquel secreto impulso, grabado en las almas de todo buen americano por la independencia del dominio español, y voy a los particulares en los momentos de mayor peligro.

Cuando el gobierno español inmolaba víctimas a sus rencores, facilité el tránsito a muchos patriotas, a las filas del Ejército Libertador situado en Huaura, proporcionándoles los medios necesarios a su evasión, acompañándolos muchas veces al que los conducía, cuando regresaba con correspondencia, y voy a los que presté a los oficiales de Numancia, fugados de la fortaleza, después de la malograda revolución de Surco, en la que también tuve mucha parte, como puedo acreditar.

Es notorio que fueron varios oficiales los que burlaron la vigilancia española, saliéndose de Casa Matas, pero los que yo oculté fueron Ansur, Cuervo, Bustamante, Lamadrid y otros, en una casa grande que alquilé y amueblé a este fin, cuidando de su manutención y proporcionándoles bestias y monturas para su tránsito. Pasados ya, giré correspondencia con ellos, repartí proclamas y cartas que me remitían, procuré ganarme a muchos que, estaban ciegos por el partido contrario y hasta a los mismos oficiales del Rey, sucediendo que algunos abandonando sus banderas, se acogieron bajo el pendón patrio.

En una de las ocasiones que venía correspondencia, fue tomada y por ella fui descubierta y puesta en prisión de la que me libré al cabo de algunos días por el influjo de poderosas personas y el derrame de dinero que hice por mí y otros que me eran compañeros en la causa misma. Libre ya, emigré llevando, a mis expensas, a muchas gentes inútiles. Antes de esto di libertad a un criado confidente de mis secretos en la causa de la patria y rebajé la mitad de su valor a otros cuatro que también me sirvieron.

Cuanto llevo expuesto es demasiado público entre los patriotas y lo sabe también el pueblo todo, pero si se pretende que lo acredite, lo haré con centenares de testigos fidedignos. Vuelvo a repetir, Señor Excelentísimo, que esta exposición me es vergonzosa, pues al prestar mis servicios a la causa americana, no tuve otro objeto que cumplir con los sentimientos de mi corazón, no los recuerdo, pues, haciendo premio de un deber, sino como un preliminar de mi súplica.

Esta se reduce a que Vuestra Excelencia se duela de la amarga situación de una pobre madre reducida al extremo de la miseria, esta me sirva de padrino para hallar auspicio en el más piadoso, en el mejor de los jefes, a este fin: a V. E. pido y suplico que hecho cargo de mis peligros, de mis servicios y costosas erogaciones, a favor de la Patria, pero cuan más que en estos, en mi absoluta necesidad se digne concederme una pequeña pensión que haga menos doloroso mi estado y derrame en mi corazón un  bálsamo consolador, ungido en el cual por la mano benéfica de Vuestra Excelencia, solo respirará para bendecirle”.

Rosa Campusano

“Otro sí, debo también decir que a mi regreso de la emigración me encontré completamente secuestrada de todos mis muebles que eran costosos, por el gobierno enemigo”.

Rosa Campusano

Al margen de la nota se lee: “No bastando los ingresos del tesoro para los gastos más urgentes, el gobierno se halla privado de concederle a la suplicante el premio que solicita por sus servicios”.

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