miércoles, septiembre 22, 2021
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Arguedas revela su obra más amada y la primera vez que casi muere. Confesiones de 1966, quinta parte

Ante un grupo de jóvenes, el 24 de setiembre de 1966, José María Arguedas participó en un ciclo de conferencias relacionadas a las motivaciones de los escritores en la creación de sus respectivas obras, a las que comprendió como “testimonios literarios”. El evento se desarrolló en la Universidad Federico Villareal. Ese día de hace 54 años reveló a la audiencia diversas experiencias que influyeron en su literatura, como el día en que un brujo le salvó la vida y de cómo otro día, en su presencia, destruyeron su obra más amada. Aquí presentamos por primera vez la confesión literal del gran escritor, antropólogo y etnólogo peruano

INVESTIGACIÓN ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN

PERÚ BICENTENARIO 15/06/2020

“Yo tengo las manos tronchadas, me tronché las manos en el trapiche de moler caña en una de las haciendas en el distrito de Huanipaca, que eran de don Manuel María Guillén. El hacendado llegaba aquí de visita y desde la cumbre pegaba un grito verdaderamente de condenado. Yo no sé cómo diablos… medio flaco, pero él tenía una garganta descomunal, él daba un grito que provocaba terror entre los indios, llegaba, yo me acuerdo que entonces tenía…

Les voy a contar esta breve anécdota: Manuel María Guillén era un tipo implacable, y era implacable porque creía que los indios no tenían alma, se lo dijo a mi padre una vez. El peor castigo de los indios era el piquis, el piquis es este animal que se mete a la carne de la gente y forma allí un nido que es una especie de bolsita y cuando son muchos, las bolsas se juntan unas a otras y forman unos colgajos. El sexo, especialmente de los chanchos, estaba lleno de esos colgajos, pero también de los niños y cuando yo vi a una madre sacándole a una niñita de unos 5 o 6 años, con una aguja, estas bolsas de piqui, sentí la misma sensación, aunque en otro grado que cuando vi volar al Barroso, que era un hermosísimo toro, con el dinamitazo de Federico Delgado.

Allí construí, con el hijo de uno de los siervos de la hacienda, la obra maestra de mi vida: un acueducto y un molino de piedra… Tienen que saber cuán bellos y cuánto encanto tienen estos antiguos molinos de piedra: la voladora es la piedra que da vueltas, la bolera es la piedra que está abajo y, adentro, hay una borla que mueve a la rueda. Nosotros construimos con tejas una voladora, una bolera, una bóveda, una cajita, un acueducto muy largo; el acueducto llegó, hizo mover a la mariposa de la rueda y el molinito funcionó. Don Manuel María Guillén llegó ese día, preguntó por mí, le dijeron que estaba en la huerta de la hacienda, vino, ocioso me dijo, te ocupas de esas porquerías y a pisotones destruyó el molino. El chico que había construido el molino conmigo salió despavorido. Yo verdaderamente no sabía qué hacer, miré a ese hombre como la verdadera encarnación del mal. Es uno de los hombres a quien yo he odiado.

Pocos días después me malogré la mano y me tuvieron que llevar a la hacienda donde él vivía porque estaba con el brazo sumamente hinchado, y ya olía mal el brazo, y una noche las indias se pusieron a hablar y dijeron: caramba al niño lo podemos enterrar aquí en el cementerio de la hacienda, tendremos que llevarlo hasta Huanipaca que son dos días de viaje. Ya hablaban de mi entierro y yo no podía creer. Pero el señor Alfaro, que era administrador de esta hacienda, contra la voluntad de este tío, que felizmente era tío político, me llevaron a la hacienda Panquequi, que era de clima templado.

El viejo mandó traer un brujo, el brujo me olió la herida y dijo: todavía es tiempo. Me puso una tierra muy eficaz y me curó. Al poco tiempo, a los pocos días, en el centro del patio de la hacienda, había un pisonay. Los que son del Cusco, Abancay, Apurímac, recordaran cuán bello es este árbol del pisonay, lleno de flores rojas que han intentado plantarlo en Lima, pero el pisonay no quiere florecer en Lima, no quiere crecer como crece en su lugar de origen.

Allí había un pisonay gigantesco al cual a veces invadían hormigas muy grandes para llevárse las hojas y, generalmente, en el tiempo que florecía el pisonay. Las flores se caían al pie, debajo del pisonay y formaba una especie de alfombra roja sobre la cual caminaban esas gigantescas hormigas negras y en esas hormigas y las flores, nosotros no veíamos simplemente hormigas y flores, sino algo más trascendental, una parte de la belleza del mundo, de la voz del mundo, de la antaña, del río, de los árboles, todo eso nos hablaba a través de las flores de estas hormigas negras y de las tullas que cantaban en ese árbol”.

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