miércoles, septiembre 22, 2021
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Arguedas denuncia que sufrió maltrato infantil. Confesiones de 1966, cuarta parte

El 24 de setiembre de 1966 a José María Arguedas le tocó el turno de participar en el ciclo de conferencias relacionadas a las motivaciones de los escritores en la creación de sus respectivas obras, ciclo que se realizó en la Universidad Federico Villareal. Ese día se dirigió a un grupo de jóvenes y dejó, para la posteridad, su visión sobre diversos temas y personajes. También su testimonio sobre el maltrato infantil que sufrió de sus familiares. Desde entonces han pasado 54 años. Presentamos aquí, en esta cuarta parte, su confesión, la que permite reconocer la poderosa resiliencia de quien se convirtió en uno de los grandes escritores, etnólogos y antropólogos peruanos. La publicamos de manera literal

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN

PERÚ BICENTENARIO 14/06/2020

“Yo tuve una infancia desventuradamente feliz, no pudo haber sido mejor ni pudo haber sido peor. Me golpearon duramente, pero al mismo tiempo recibí compensaciones, formas de dicha, de alegría, de contacto con el corazón humano como seguramente muy pocas gentes tuvieron la suerte de gozar. A mí me hacían dormir en la cocina, en otro sitio. Por otro lado, yo tenía 4 años entonces y a mí, las indias, los indios, vieron en mí una especie de semejante suyo en cuanto era una persona maltratada y menospreciada como ellos. Y entonces pude oír en quechua los cuentos que se contaban, las canciones que cantaban, toda la inmensa sabiduría que tienen, como no la puede tener un pueblo que tiene 90 siglos de vestigios de la inteligencia y de las manos como es nuestro pueblo peruano.

Quisiera contarles algunas anécdotas que les pueden dar una idea de lo que hubo de brutal y de tierno al mismo tiempo en la infancia. Un día mi hermanastro que era, él sí era un tipo malo, ¡ah! y tenía más caro de malo, tenía unas cejas muy pobladas, raras, unos ojos de expresión nunca clara, yo no sé cómo lo querían las mujeres, porque tenía muchas mujeres.

Ese señor me llevó una vez como su paje, era en realidad su paje, a visitar a una de sus amantes que tenía en una de las chacras, muchas que poseía en el distrito. Me dejó a cierta distancia, él iba en un caballo maravilloso que había comprado a cambio de 40 toros y creo que 100 carneros a un comerciante de Ica y a mí me hacía ir montado en un burro que se llamaba El Azulejo, creyendo que con eso me humillaba, sin sospechar que El Azulejo y yo éramos tan amigos, nos queríamos tanto que cuanto más tiempo estuviéramos juntos, éramos él y yo felices. No sé si él o yo éramos los más felices cuando estábamos juntos. Me dejó en el camino, luego de su encuentro con la amante regresó y me dijo dónde está el poncho de vicuña que estaba sobre la montura de mi caballo. Yo le dije no sé. No, me dijo, si aquí había un poncho de vicuña. Yo había avanzado un poco para darle alcance al sitio donde salió al camino. Levantó el rebenque para pegarme un latigazo, no se atrevió a hacerlo. Se fue a toda carrera en el formidable caballo. Yo me fui feliz en burro y llegué una hora, dos horas después a la casa.

Yo comía en la cocina y estaba comiendo un excelente plato de mote con un buen queso, muy feliz, rodeado de doña Cayetana, don Facundo, don José Delgado, estas gentes que han sido sirvientes de la hacienda. Hablaba principalmente el quechua, el castellano no hablaba bastante mal. En ese momento entra el individuo, a quien todavía no se le había pasado la cólera, entonces agarró el plato de mote y me lo tiró a la cara y me dijo “tú no vales ni lo que tragas”. Yo en ese momento, sin pensar, sin reflexionar, salí de la casa, atravesé un pequeño riachuelo que se llama Huaypamayo, fui al otro lado de la quebrada donde había un maizal.

Me tendí de boca en el maizal, lloré atrozmente, lloré como ustedes pueden imaginarse que puede llorar un niño sensible que ha recibió una ofensa tan brutal y le pedí a Dios que me recogiera, pero dios no me recogió, al contrario hizo que me durmiera y dormí hasta muy noche y mi hermanastro recibió un pequeño castigo porque creyó que yo me había fugado o me había pasado algo, descubrí que  estaban buscando por todas partes en la oscuridad, me desperté en la oscuridad, fui y en la cara de este hombre encontré un rasgo humano cuando me encontró, y hasta me dio con la mano en la cabeza. Luego otro pequeño detalle, aquí he apuntado algunos porque serían infinitos”.

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