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La patriota y el cura que se purificaron por el Perú, una historia de libertad

A inicios de la república peruana, los peruanos religiosos debían demostrar su amor a la patria. Foto referencial, foto: Freepik.

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN

PERÚ BICENTENARIO 03/01/2020

La Junta Eclesiástica de Purificación fue una entidad creada por los patriotas ante la cual los miembros del clero tenían que acreditar su apoyo a la emancipación o, de lo contrario, someterse a ser encarcelados o expulsados de la naciente república. De este modo, los sacerdotes y clérigos de Lima y de los territorios peruanos que se fueron independizando de España desde el 28 de julio de 1821 debieron pasar, obligatoriamente, por esta entidad.

Así las cosas, decenas de religiosos de diversas órdenes y con cargos en la iglesia católica presentaron sus respectivas solicitudes esperanzados en ser declarados patriotas, solicitudes que incluyeron sus propios testimonios, versiones de testigos, evidencias de donaciones y todo lo que les sirviera para demostrar que ya no estaban de plácemes con la monarquía española sino a favor de la nueva patria.

Hicieron sus trámites desde fines de julio de 1821 hasta diciembre del año siguiente, 17 meses de alta tensión entre los cuadros eclesiásticos y la nueva administración del Perú a cargo del libertador José de San Martín y otros altos funcionarios peruanos deseosos de expulsar a los realistas, es decir a aquellos que estaban a favor de un Perú colonizado. Fueron días y meses de acusaciones de infidelidad, traiciones, venganzas, intrigas.

A carta cabal

La Junta Eclesiástica de Purificación, que funcionó en acuerdo con el Dean del Cabildo de Lima, Francisco Javier Echague, es decir con el gobernador eclesiástico, se encargó de calificar las declaraciones juradas de cada sacerdote y clérigo, entre ellos el del presbítero Narciso Figueroa, quien en Lima consiguió ser declarado un verdadero patriota al ser acogidas las pruebas que presentó así como las versiones de sus testigos: el doctor José de Tagle, fray José Salia y José Manuel García, quienes aseguraron que Figueroa era un independentista a carta cabal.  

Revisamos el documento con el testimonio del propio Narciso Figueroa, en el cual se leen diversas revelaciones que permiten acercarse a una época y circunstancias desconocidas por la gran mayoría. El escrito evidencia la alta colaboración entre los religiosos y las mujeres y otras personas en apoyo de la causa patriótica.

El testimonio del presbítero Figueroa fue remitido al Dean Francisco Javier Echague, a quien por escrito le manifestó que contribuyó a la independencia por todos los medios que estuvo a su alcance, entre ellos el haber apoyado a la señora María del Carmen Suárez, “una matrona que en la época de la hostilidad expuso su vida acogiendo en su casa muchos de los adictos que intentaron asaltar la fortaleza del presidio del Callao, que no se verificó por la secreta denuncia, siendo preciso tomar casa diferentes para liberarlos de las pesquisas, y en los apuros del costo de su subsistencia, yo erogué de mi peculio y de otros arbitrios de adquisición varias partidas de dinero que servían para su mantención y fomento”.

En esa fecha, Figueroa explicó así que entre las mujeres que apoyaron la independencia sin temor a ser descubierta y asesinada por el ejército de los españoles, se encontraba la patriota María del Carmen Suárez, quien supo acoger en su casa a los libertarios peruanos que planeaban ir al Real Felipe, en el Callao, a enfrentar a los realistas hasta tomar por asalto dicha fortaleza que, por su ubicación estratégica para la guerra de la independencia, debía estar al servicio del naciente Estado peruano.

El presbítero Figueroa señaló que de su peculio financió los costos del ocultamiento de los patriotas en la casa de la patriota María del Carmen Suárez, así como la de otras casas en las que se tuvieron que refugiar los patriotas por que sus vidas corrían peligro. Las delaciones estaban a la orden del día.

A continuación, presentamos la transcripción de la carta presenta por Figueroa a la Junta Eclesiástica de Purificación en Lima el 10 de febrero de 1822.

“ilustrísimo señor gobernador: El presbítero don Narciso Figueroa, domiciliario de este arzobispado, con la debida atención parece ante Vuestra Señoría Ilustrísima y dice que hallándose el suplicante en necesidad de propender a los precisos adelantamientos, y prosperidad de su suerte, tiene también precisión de poner los medios conducentes para su consecución, haciendo ver su adhesión y patriotismo a la causa de la independencia, habiendo contribuido a ella, por todos aquellos medios que han estado a sus alcances.

Doña María del Carmen Suárez es una matrona que en la época de la hostilidad expuso su vida acogiendo en su casa muchos de los adictos que intentaron asaltar la fortaleza del presidio del Callao que no se verificó por la secreta denuncia siendo preciso tomar casas diferentes para liberarlos de las pesquisas, y en los apuros del costo de su subsistencia, yo erogué de mi peculio y de otros arbitrios de adquisición varias partidas de dinero que servían para su mantención y fomento.

Igualmente me sacrifiqué al riesgo de sufrir el último suplicio receptando en mi casa muchísimos de los que se pasaron al Ejército Libertador acompañándoles personalmente hasta ponerlos en salvo, todo por acopiar brazos que pudiesen facilitar el fin de la libertad deseada, como les consta al muy reverendo padre maestro rector del Colegio de San Ildefonso fray José de Salia; al administrador de almacenes de la renta de Tabacos don José Manuel García; y al comandante de Cívicos, don Miguel Riofrío, y otros varios de los que hicieron personería en la escena que se hallan en esta capital.

En los posterior he sido no menos leal presentándome de los primeros al juramento de la Independencia, y a todos aquellos actos que han podido acreditar más y más las miras que movieron mi espíritu para los últimos sacrificios. Mi conducta ha sido conforme y arreglada, reducida a una moderación ceñida al lleno de los deberes que me impone el Estado, sin haber dado lugar a la menor queja con otras cualidades que mi moderación había silenciado, y de que jamás hemos hecho alarde, por cuyo motivo había retardado esta diligencia hasta hoy que se me hace preciso ponerla en ejecución por lo que a Vuestra Señoría Ilustrísima suplico se sirva mandar para este recurso a la Junta de Purificación para los fines de su institución, como es de justicia que juro in verbo Sacerdotis tacto pectore, no proceder de malicia.

Narciso Figueroa

Lima, 10 de febrero de 1822”.

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134 Comentarios

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