martes, septiembre 21, 2021
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Isla Esteves, el paraíso que fue un infierno solo para los fieles al Perú

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN 

PERÚ BICENTENARIO

La Isla Esteves en el siglo XIX fue un presidio. Luego se construyó ahí un hotel para turistas. Foto: Facebbok Wilson Gutiérrez Huarsaya.

Los defensores de la monarquía en el Perú colocaron en una cárcel cerca del cielo a quienes luchaban por la libertad del Perú. Visto así, a principios del siglo XIX ello puede entenderse como una buena acción religiosa-humanitaria, incluso a favor de los adversarios al cristiano imperio español. Pero, si decimos que esta prisión se encontraba exactamente a 3.812 metros sobre el nivel del mar, ahí donde el oxígeno enrarece, entonces se puede concluir que se trataba de una penitenciaría para que se paguen ¿condenas? no solo a costa de la privación de la libertad sino de pasar hambre, dolor, enfermedades y humillaciones.

Se trata de la cárcel Isla Esteves, en pleno lago Titicaca, ahí en la región Puno, puerta de entrada durante el virreinato a los pueblos del Alto Perú, hoy Bolivia y parte del norte de Argentina. En ese lugar fueron encerrados a principios del siglo XIX los peruanos condenados por resistirse o por luchar contra la opresión monárquica.

A miles de kilómetros de ese lugar, en Lima, José de San Martín ya había proclamado la independencia del Perú el 28 de julio de 1821, pero los españoles estaban acantonados en Cusco al mando del virrey José de la Serna y tenían influencia en las regiones peruanas del sur. 

Contra los tiranos

El virrey creía poder frenar desde Cusco la independencia nacional. Pese a que se mantuvo hasta 1824 gobernando a sus huestes desde la otrora capital del imperio incaico, el 9 de diciembre de ese año fue vencido en la batalla de Ayacucho, lo que se tradujo en el fin del dominio español en el Perú ya con el libertador Simón Bolívar a cargo de la administración del país junto a cientos de independentistas peruanos.

¿Conoces a los patriotas peruanos que purgaron condena en la cárcel de Isla Esteves?

A continuación, te presentamos esta desconocida nómina. Se trata de personas que han permanecido en el anonimato, pero que ingresaron a la historia nacional por su valor al oponerse a la tiranía de los representantes en el Perú de la monarquía española. Son militares que sirvieron al país durante el gobierno de Bolívar, y que al enfrentarse al ejército del virrey La Serna fueron capturados en Cusco y llevados a Puno para que sufran diversos castigos.

Esta es la nómina: 

Estos son: Coroneles D. Carlos María Ortega, José V. Castilla y José M. Mansilla. Los Sargento Mayor Escolástico Magán, Nicolás Medina y Juan Argüero. Los capitanes Juan Somosa, Ramón Listas, Mariano Campana, Tomás Munis y Manuel Pando. Los tenientes José M. Chehueca, José Puertas, Manuel Alvarado, Cipriano Miro, y José Gayangos. Los subtenientes Valentín Calderón, José Quiroga, Eugenio Fernández, Carlos Godoy, José González, Manuel Tapia, Manuel C. Dulanto, Pedro Barrón, Manuel Tineo, Tomás Cavanillas, Francisco Pieta, Lorenzo R. González y Gabriel Grados. Y el civil Cayetano Semino. 

Estos patriotas fueron trasladados a pie desde Cusco a la Isla Esteves escoltados por el teniente realista D. José M. Martínez, el subteniente Miguel Cortés y el soldado Juan de Dios Alvarado, quienes también llevaban consigo al desertor Manuel Martínez.

Esta nómina fue dada a conocer en 1862 a través de “El Álbum de Ayacucho. Colección de los principales documentos de la guerra de la independencia del Perú y de los cantos y poesías relativas a ella”, obra del capitán de Caballería José Hipólito Herrera. Fue publicada precisamente a dos años de celebrarse los 30 años de la batalla de Ayacucho.

José Hipólito Herrera detalla en su investigación que:

“El crecido número de patriotas confinados por las autoridades españolas a las remotas prisiones de esta isla, tuvo que sufrir no solamente el martirio de una marcha a pie por sendas ásperas y difíciles, sino la desolada travesía de los Andes por sus más elevadas regiones.

Desde cualquier lugar de la República donde se les apresaba, eran conducidos allí bajo la custodia de esbirros despiadados, que se hacían un punto de deber y de lealtad el cumplimiento bárbaro y terminante de las severas órdenes que recibían para la seguridad y resguardo de aquellos; así es que la infracción involuntaria del régimen que les imponían durante el tránsito o leve indicio de fuga sospechado por arranquen de desesperación o ademanes de violencia, eran suficiente motivo para quitarles la vida en presencia de los demás con el objeto de escarmentarlos y afligirlos”.

Y agrega:

“Considerable porción da estos desdichados sucumbía también víctima de la intemperie o del maltrato, antes de terminar las fatigas de tan penoso viaje; y aquellos a quienes la fortaleza de temperamento o un deseo de venganza sostenían en su entereza, confiando en la justicia de la causa que habían abrazado, encontraban en las mazmorras donde se les soterraba, todo el rigor de opresión y de vejámenes con que se hicieron célebres en esa época calamitosa de los peninsulares”.

De acuerdo a lo recogido por el autor, estos patriotas lograron escapar de la prisión de la Isla Esteves y se unieron a los peruanos que proclamaron la independencia de Azángaro y Carabaya,  Puno. Sobre sus cabezas pesaba una recompensa de 500 pesos si eran tomados prisioneros.

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