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Para reactivar la economía ante crisis minera en 1804 en el Perú ofertaron 10 títulos nobiliarios y 300 grados militares

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN 25/06/2021

En el Perú la venta y remate de títulos nobiliarios quedó registrado en un documento oficial de 1804 que aquí sacamos a la luz para conocimiento de las actuales y futuras generaciones. Los compradores fueron personas que, dinero en mano, ansiosas buscaban pertenecer a la aristocracia, a una élite que les dejara sustanciosas ganancias.

Durante siglos, basados en su ‘pureza’ de sangre y ascendencia divina, los integrantes de los sistemas monárquicos no solo vivieron del invento de los títulos de nobleza para obtener privilegios y heredarlas a sus parientes y amigos, sino que también los vendieron al mejor postor para obtener fondos para las cajas imperiales ante las crisis mineras y de otros sectores productivos.

Efectivamente, fue el 8 de julio de 1804 en que, desde Lima, el virrey Gabriel de Avilés y del Fierro le hizo una propuesta a la corte del rey Carlos IV de España que esta no podía rechazar: aumentar los ingresos económicos de la monarquía a través de la venta de títulos nobiliarios, como marquesados y ducados, venta para lo cual pidió autorización y presentó un plan detallado tanto para el ámbito civil como el militar.

Avilés le hizo llegar al rey, en esa fecha, la propuesta en oficio dirigido al ministro de Hacienda en Madrid, Nicolás Ambrosio de Garro. En dicho documento, enviado de Lima a España el 8 de julio de 1804, la máxima autoridad del Perú lo comunicó de este modo:    

“Excelentísimo señor Ministro de Hacienda: Consiguiente a lo que dije a Vuestra Excelencia en 26 del próximo anterior junio, número 311, he reflexionado que el medio con que podrían juntarse algunos caudales que aumentasen las remesas a esa Metrópoli sería el que Su Majestad dignase autorizar a este Gobierno para repartir ocho o diez títulos de Castilla en sujetos acaudalados y de las necesidades necesarias para el lustre debido de estas distinciones, sirviéndose señalar la cantidad que debe exigirse por cada uno y cuanto más al que quisiese redimirlo de lanzas”.

De acuerdo al tenor de estas sus líneas, el virrey planteó y puso precio a unos diez títulos de Castilla, los que se podían comprar incluso redimiéndolos de pagar los tributos llamados de lanza y de media annata. Este sistema de ventas empezó a funcionar por las reales cédulas del 18 de agosto de 1631 y del 10 de diciembre de 1632, bajo el reinado de Felipe IV.

A lo largo de la presencia virreinal en el Perú, se concedieron 127 títulos nobiliarios a españoles y a sus hijos nacidos en estos territorios. Muchos se perdieron por la insolvencia de sus portadores, o porque a partir del 28 de julio de 1821, con la independencia del país, fueron prohibidos o pasaron a llamarse “Títulos del Perú’, debiendo sus portadores pagar al Estado los tributos o impuestos llamados de lanza y de media annata.  

Vendieron grados para el ejército imperial 

No solo títulos, la máxima autoridad del Perú también creyó conveniente vender 150 diversos grados militares para quienes quisieran ‘ascender’ o ingresar a los ejércitos reales, y otros 150 para los civiles que buscaban integrar las milicias. En estos casos, como en el de los títulos nobiliarios, el negocio era vender los cargos para después hacer que los compradores paguen a la corona los respectivos impuestos

Esta es la otra propuesta que el virrey Avilés le hizo a su rey:

“También se me ocurre que podría producir una suma regular el beneficio de veinte grados de coronel, treinta de teniente, y ciento de subteniente, todos de ejército, y doble número de milicias, dignándose Su Majestad determinar la cuota que a cada uno debe ponerse y la que se estime correspondiente al que teniendo algún grado de ejército o milicias quiera beneficiar otra mayor, para que me sirva de gobierno en la distribución que procuraré hacer con prudente reflexión a la naturaleza, clase y circunstancias de los que lo pidan, siempre con la mira de que recaigan en quien no desmerezca la graduación a que aspirase, para lo cual deberán remitírseme las patentes y títulos en blanco, los que se irán llenando oportunamente y daré cuenta a Su Majestad de la distribución que hiciese”.

Aparte de asegurar que los títulos y cargos no recayeran en personas que no los merecían, el virrey Avilés manifestó que cuidaría que el comportamiento de las personas beneficiadas los deslucieran en algún momento. En esos años del siglo XIX, por la escasez de ingresos económicos en Lima, para el virrey los habitantes del Perú apetecían que su propuesta se llevara a cabo sin ninguna duda, es decir españoles y peruanos estaban dispuestos a invertir en el negocio de pertenecer a la élite para mejorar sus ingresos económicos.

“Como conozco bien el carácter de estos naturales me persuado que en medio de los atrasos en que se hallan, por las razones expuestas en mi citada carta y otras anteriores, se esforzarán a lo que de otra suerte no harían, por tal de lograr unas consideraciones que apetecen con bastante ansia. Sin embargo, de los arbitrios propuestos no excusaré no todos los demás que mi celo por el servicio de Su Majestad me dicte y estime conducentes a reunir dinero en estas Cajas Reales, que, como también dije, están exhaustas por las anteriores remesas en que fue cuanto pudo colectarse y aunque resisto todo gasto que no me parece de la más urgente necesidad, veo obstante con harto dalor que es mucho lo que se gasta con respecto a las cortas entradas”.

El plan de reactivación económica del virrey Avilés pasaba por que mejorara la actividad minera en el virreinato y así poder obtener mayores recaudaciones. Ello lo manifestó en el mismo documento de la siguiente manera:

“Solo espero haya un competente repuesto de azogues para que las minas de este Reino den de sí todo lo que debe esperarse de ellas, y también repetiré las más estrechas órdenes para el cobro de lo mucho que se está debiendo al Rey, singularmente en la Intendencia de Tarma por azogues dados a los mineros de aquel distrito, pero por más encargos que se hacen al Intendente y ministro de Real Audiencia nada se consigue por la indiferencia con que miran las cosas del real servicio, contentándose con ofrecimientos que no llegan a realizarse, cuyo mal es casi general en todo el distrito de este mando. Es cuanto por ahora tengo que participar a Vuestra Excelencia cuya vida guarde muchos años. Lima, 8 de julio de 1804″.    

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