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En 1833 EE.UU. ‘descubrió’ islas del Perú y la primera guerra del guano casi estalla

En 1852 se defendió la soberanía y riqueza de las Islas de Lobos, las que según ese país: “El marino estadounidense Benjamin Morrell, que había visitado esas islas en setiembre de 1833, podría legalmente ser su descubridor”. Gobierno autorizó movimiento naval para defender a los comerciantes

Cada año las potencias extranjeras por la caza de ballenas y su exportación lograban una ganancia de “nueve millones de pesos fuertes, que es el duplo de lo que producen las minas de oro y plata del virreinato del Perú”

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN

PERÚ BICENTENARIO 09 / 03 / 2020

Imagen referencial.

Decir que al redactarlo tuvo una premonición, sería especular, lo cierto es que el contenido de este documento de 1815 permitió en 1852 esclarecer que el mar y las islas frente a las costas peruanas eran propiedad del Perú desde los años del virreinato español (ello sin contar su pertenencia al imperio incaico hasta mediados del siglo XVI) y, por tanto, dejar desarmada toda posibilidad de conflicto bélico naval con los Estados Unidos ese año.

Esta potencia militar había ordenado en 1852 que sus fuerzas navales protejan a las embarcaciones civiles de su país que llegasen a extraer guano a las Islas de Lobos, las cuales afirmaron carecían de país propietario, de modo que sus ciudadanos estaban aptos para libremente extraer dicho fertilizante de alta demanda para la agricultura de los estados sureños del Atlántico, ello toda vez que sus tierras estaban pobres de nutrientes.

El documento en mención fue escrito y firmado en Madrid el 15 de julio de ese año, es decir en 1815, por el científico y médico Hipólito Unanue, quien se encontraba en España, desde donde lo envió a Lima al virrey José de Abascal informándole respecto a los reportes de la pesca ballenera realizada por los extranjeros, el lucro que esta generaba y como, más bien, esta actividad podía crear fuentes de trabajo e ingresos a las arcas fiscales si era realizada por el Perú.

Al menos desde 1790, comerciantes de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia se dedicaban a la pesca de ballenas por su aceite y esperma y de lobos marinos por su piel para la venta en sus territorios y exportación al Asia. Esta actividad generaba cada año una exportación valorizada en “nueve millones de pesos fuertes, que es el duplo de lo que producen las minas de oro y plata del virreinato del Perú”.

El documento de Unanue aclara lo que había en juego:

“Madrid 15 de julio de 1815, al Virrey del Perú: “Desgraciadamente, se concedió a los ingleses en el año de 1790 el permiso de ejecutarlo, y desde aquella época no han cesado de sacar incalculables riquezas, así de este ramo, como del contrabando que les ha facilitado él, empleando anualmente un considerable número de buques en reconocer las costas del sur. Por cálculos fundados por comerciantes hábiles de Lima, se deduce que entre ingleses, europeos y americanos exportan anualmente de la pesca de ballena en nuestro Océano Pacífico el valor de nueve millones de pesos fuertes, que es el duplo de lo que producen las minas de oro y plata del virreinato del Perú, y en que cifra su riqueza”.

El comerciante de guano

En 1852 el Secretario de Estado de ese país al norte de América, Daniel Webster, había emitido una carta al neoyorquino Alfred Benson, dedicado al comercio de guano, afirmando a nombre de los Estados Unidos, la siguiente falacia: “El marino estadounidense Benjamin Morrell que había visitado esas islas en setiembre de 1833, podría legalmente ser su descubridor”.

Y no solo eso, el funcionario Webster también afirmó: “Puede considerarse como deber de este gobierno proteger a los ciudadanos de Estados Unidos que visitarán las islas para obtener guano. El Departamento de Estado no tenía conocimiento de que tales islas hubieran sido descubiertas u ocupadas por España o por el Perú”.

Desde luego, todo ello era un despropósito, por lo que el mismo embajador de ese país en Lima, John Randolph Clay, tuvo que encargarse de desmentir que las Islas Lobos eran tierra de nadie. Todo los comerciantes debían pasar por la Aduana del Callao antes de desembarcar en dichas islas y extraer el guano. Los Estados Unidos declinaron las hostilidades al reconocer los fundamentos del Perú. La era del guano trajo estas ocurrencias consigo.

En 1852 el presidente del Perú era José Rufino Echenique y el de los Estados Unidos Millard Fillmore, quien tuvo que suceder en el cargo a Zachary Taylor, presidente electo fallecido de causas naturales a unos meses de haber asumido el gobierno de su país. 

En la carta de Unanue, para el caso una prueba jurídica e histórica, también se lee que: “Destinó el Ministerio Inglés en 1793 al capitán Colnet, a fin de que recorriendo el Océano Pacífico, costas del Perú, reconociese y fijase los mejores puestos tanto en las islas como en el continente para el beneficio de la pesca que se hace en aquellos lugares, y géneros comerciales que se conducen a ellos. Así velan los ingleses para aprovecharse de este tesoro, mientras duermen los españoles sus legítimos dueños… Para fomentar con fruto la pesca de la ballena necesita el Gobierno seguir los mismos pasos que han adoptado la Francia, la Dinamarca y otras potencias marítimas cuando han querido aprovecharse de algún nuevo ramo de pesca”.

Relación con los ingleses

Las relaciones del Perú e Inglaterra, tras la batalla de Ayacucho y la capitulación de los españoles, era bastante saludable. De hecho, en 1826, el 15 de enero, en una carta fechada en Lima en el Palacio de Gobierno, Unanue le escribió al representante de ese país en estos amistosos términos:

“Al señor cónsul de Su Majestad don C. Ricketts: Felicito a Vuestra Señoría por su llegada a los Chorrillos, y a solicitud del señor Willimott hace días que se expidieron las licencias correspondientes para que V.S. con su familia pasase libremente a esta capital. El día que guste podrá presentarse en este Palacio a las doce del día y recibidas sus credenciales se le dará por el Gobierno el pase y las órdenes correspondientes para que V.S. sea reconocido Cónsul General de S.M. Británica. La carta que V.S. me anuncia transmitirme del muy honorable Jorge Canning no ha llegado a mis manos. Tengo el honor de ofrecer a V.S. mis respetos y servicios con los que soy. Su afecto, servidor Hipólito Unanue”.

Por nuestros pescadores

Pidiendo al virrey Abascal la promoción de la industria ballenera, en 1814 Unanue le había manifestado: “Sería inútil exponer a la alta penetración de Vuestra Excelencia las ventajas que resultarán a la ocupación, tranquilidad y bienestar de las gentes del Perú, a la marina Real, y al Estado Entero, del establecimiento y fomento de la pesca de la ballena en la costa del Perú… Es también indispensable que por cierto espacio de año esté la pesca de la ballena, y la exportación de su aceite libre de toda gabela, a fin de que vendiéndose a más bajo precio por nuestros pescadores, que por los ingleses. Dios guarde a usted, Madrid 15 de octubre de 1814. Hipólito Unanue”.

La respuesta se la dieron cinco años después, en 1819, a través de un documento del Ministerio Universal de Indias, el cual informó: “Y últimamente que así a la pesca de ballena, como a la exportación de sus aceites concede su majestad por ahora absoluta libertad de todo derecho y gabela. Lo comunico a V.E. de la Real Orden, para su inteligencia y cumplimiento. Dios guarde a usted muchos años, Madrid 15 de julio de 1819, señor Virrey del Perú”.

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