sábado, julio 31, 2021
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El Huáscar y la verdad. Informe del teniente Pedro Gárezon, sobreviviente del combate de Angamos

Al morir el almirante Miguel Grau y el alto mando del monitor, los maquinistas peruanos abrieron las válvulas para hundir la nave y evitar sea apresada

Marinos chilenos con revólver en mano amenazaron de muerte a los maquinistas que no pudieron evitar que el vecino país capture el barco

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN

PERÚ BICENTENARIO

El teniente primero Pedro Gárezon era el Oficial de Derrota y Señales del Huáscar, bajo el mando directo del almirante Miguel Grau. Apenas dos días después de la caída de este monitor en el combate de Angamos, envió un informe al capitán de fragata Melitón Carbajal informándole sobre los sucesos del 8 de octubre de 1879, año de la Guerra del Pacífico.

Redactó su informe estando en las costas de Antofagasta, a bordo de la nave chilena “Copiapó”, en la cual se encontraba detenido por los marinos de ese país a la espera que decidieran su suerte. El día anterior, es decir el 9 de octubre, se habían realizado las honras fúnebres por Grau y los demás caídos en combate, entre ellos los oficiales Elías Aguirre, Diego Ferré y Melitón Rodríguez.

Gárezon fue enviado a la prisión chilena de San Bernardo, donde estuvo preso tres meses y cuatro días. Gracias a las intermediaciones diplomáticas, fue canjeado por otro marino chileno detenido por los mandos peruanos.

Este héroe de la Guerra del Pacífico, fue ascendido en 1910 a la clase de contraalmirante y siete años después murió en Lima reconocido como un inmenso defensor de la soberanía peruana.

A cargo del mando

El contenido del parte militar que envió a Carbajal permite conocer por qué el Huáscar no se hundió en el combate, y por qué pese a que Gárezon y los sobrevivientes intentaron sumergirlo, ello no se logró y el monitor pasó a convertirse en una presa para la marina chilena, la cual se llevó la nave y 140 años después aún la mantiene en su poder, anclado en el extremo sur de Chile, en Talcahuano.

Tras la caída de los oficiales, Gárezon había quedado a cargo del mando. Las ocurrencias tras la muerte de Grau y el alto mando del Huáscar, las describió este marino limeño al mínimo detalle. Es así que se sabe que a las 10:10 a.m. el fuego enemigo había terminado y que a diferencia de los marinos chilenos que abordaron el monitor, los peruanos se encontraban desprovistos de armas para defenderse.

“Una vez a bordo los oficiales que las conducían, obligaron a los maquinistas, revólver en mano, a cerrar las válvulas, cuando ya teníamos cuatro pies de agua en la sentina y esperábamos hundirnos de un momento a otro; procedieron activamente a apagar los varios incendios que aún continuaban y nos obligaron pasar a bordo de los blindados junto con los heridos”, informó Gárezon.

A continuación, la transcripción del informe completo de Gárezon, el cual se guarda en el Museo Naval. Este es su testimonio:

“Señor capitán de fragata Manuel Melitón Carbajal. S.C.: 

Tengo el honor de poner en conocimiento de V.S. los hechos ocurrido a bordo del monitor Huáscar, durante el combate que sostuvo con los blindados chilenos Blanco Encalada, Cochrane, y goleta Covadonga el 8 del actual, frente a Punta Angamos, y después de la lamentable pérdida del señor contralmirante don Miguel Grau, de haber caído herido y muerto el segundo comandante, capitán de corbeta Elías Aguirre, el teniente primero don Diego Ferré y el de igual clase don Melitón Rodríguez.

En este momento el Huáscar se encontraba sin gobierno por tercera vez, pues las bombas enemigas, penetrando por la Bobadilla, habían roto los aparejos y cáncamos de la caña, lo mismo que los guardines de combate y varones de cadena del timón. Estas bombas al estallar ocasionaron por tres veces incendio en las cámaras del comandante y oficiales, destruyéndolas completamente. Otra bomba había penetrado en la sección de la máquina, por los camarotes de los maquinistas, produciendo un nuevo incendio y arrojando las mamparas sobre los caballos, que pudieron continuar en movimiento por haberse arreglado con la debida actividad los destrozos que cayeron sobre ellos. También tuvimos otros dos incendios, uno bajo la torre del comandante y el otro en el sollado de proa.

En este estado y siendo de todo punto imposible ofender al enemigo, resolví de acuerdo con los tres oficiales de guerra que quedábamos en combate, sumergir el buque antes de que fuera presa del enemigo, y con tal intento mandé al alférez de fragata, don Ricardo Herrera, para que en persona comunicara al primer maquinista, la orden de abrir las válvulas, la cual fue ejecutada en el acto, habiendo sido para ello indispensable parar la máquina, según el informe que acompaño del dicho maquinista.

Eran las 10:10 a.m. cuando se suspendieron los fuegos del enemigo. El buque principiaba ya a hundirse y habríamos conseguido su completa sumersión si la circunstancia de haber detenido el movimiento de la máquina, no hubiera dado lugar a que llegaran al costado las embarcaciones arriadas por los buques enemigos, a cuya tripulación no nos fue posible rechazar por haber sido inutilizadas todas las armas que teníamos disponibles. Una vez a bordo los oficiales que las conducían, obligaron a los maquinistas, revólver en mano, a cerrar las válvulas, cuando ya teníamos cuatro pies de agua en la sentina y esperábamos hundirnos de un momento a otro; procedieron activamente a apagar los varios incendios que aún continuaban y nos obligaron pasar a bordo de los blindados junto con los heridos.

El número de proyectiles que ha recibido el buque no se puede precisar, pues apenas ha habido sección que no haya sido destruida, haciendo imposible un examen detenido por la aglomeración de destrozos y el poco tiempo de que hemos podido disponer para ello.

Antes de concluir creo de mi deber manifestar que todos los oficiales y tripulantes del buque se han distinguido por su entusiasmo, valor y serenidad en el cumplimiento de sus deberes.

Debo manifestar igualmente que cuando los oficiales y tripulación de los botes subieron a la cubierta del buque, encontraron el pico caído por haberse roto la driza de cadena que lo sostenía, de manera que el pabellón que pendía de él y que había sido izado por segunda vez, se encontraba en la cubierta, cuya circunstancia la hice notar al teniente primero Toro del “Cochrane” y a otros oficiales cuyos nombres no recuerdo.

Todo lo que tengo el honor de poner en conocimiento de Ud. para los fines que haya lugar.

Dios guarde a Ud. señor comandante

Firmado. Pedro Gárezon”.

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