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El Colegio de Abogados y su alianza con el virrey Pezuela: defender a la monarquía de los independentistas en el Perú

Revelador intercambio de oficios del 28 de febrero y del 2 de marzo de 1819 permite conocer acuerdos en los que el gremio de abogados ofreció al virrey: “para la defensa del reino y protección de este colegio”, y este le respondió: “yo disfruto desde ahora el dulce placer de ver confirmado el concepto que tenía de su fidelidad ilustrada por la santa doctrina”. El Colegio de Abogados de Lima fue fundado por Real Cédula el 31 de julio de 1804, y el Perú proclamó su independencia en 1821, el 28 de julio

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN

PERÚ BICENTENARIO 24 / 03 / 2020

Imagen referencial.

Si aún se reclama que la justicia sea ciega, es justo recordar en su memoria cómo actuó en 1819 a través de una de sus instituciones emblemáticas, el Ilustre Colegio de Abogados de Lima, cuya directiva ese año a través del intercambio de correspondencia con el virrey Joaquín de la Pezuela manifestó su coincidencia en la necesidad de defender a la monarquía española en el Perú y América ante sucesos como la proclamación de la independencia de Buenos Aires y Chile en 1816 y 1818, respectivamente.

En esos años del siglo XIX, la dirigencia del Ilustre Colegio de Abogados de Lima y el virrey Pezuela sabían que los peruanos desde 1780, con Túpac Amaru II a la cabeza, habían empezado sus movimientos libertarios y que no bajarían las armas ni las esperanzas hasta conjugar sus esfuerzos con la llegada de la Expedición Libertadora, lo cual ocurrió en 1820, y al año siguiente, el 28 de julio, proclamaron la independencia nacional.

Fueron dos los oficios intercambiados por los representantes de ambas instituciones: la misiva que los representantes de dicho colegio remitieron al virrey el 28 de febrero de 1819, y la que este primer funcionario de la administración monárquica en el Perú dio como respuesta el 2 de marzo de ese mismo año.

Resguardados más de dos siglos en los archivos institucionales, una revisión de esta correspondencia de 1819 permite conocer entretelones de cómo la máxima autoridad virreinal y dicha institución que agrupa a los abogados de Lima establecieron una alianza en defensa de la estabilidad del imperio español en esta parte de América.

Lima estaba inquieta porque a mediados de 1818 en el Real Felipe una sublevación fue detectada y sofocada con la ejecución de sus líderes: el tacneño José Gómez; el médico cirujano del Colegio de San Fernando, Nicolás Alcázar, y don José Casimiro Espejo. Todas las instituciones tenían que alinearse a favor del absolutismo.

El 3 de enero de 1819 dichos rebeldes fueron ahorcados en la Plaza de Armas, previo juicio en el que otros presuntos cómplices fueron liberados por el limeño José Galdiano, quien según admisión de la Real Audiencia de Lima desde 1808 era integrante del Ilustre Colegio de Abogados, institución que apenas cuatro años había sido fundada por Real Cédula del 31 de julio de ese año.

En enero de 1819, como integrante del Consejo de Guerra, el abogado Galdiano había solo estado de acuerdo con parte de las condenas a los sublevados, decidiendo para ellos penas menores incluso, lo que despertó suspicacias en dicha junta de letrados, pues se creía que se estaba auspiciando los brotes independentistas en momentos en que el poderío naval de los patriotas sudamericanos se empezaba hacer presente en el Callao y se proyectaba sobre otros puertos peruanos con Lord Thomas Cochrane como conductor de la escuadra.

El 28 de febrero de ese mismo año, la directiva de dicho colegio le escribió al virrey en los siguientes términos:

“Señor don Joaquín de la Pezuela. Excmo. Señor: Cuando Vuestra Excelencia declarado protector de este Ilustre Colegio de Abogados, le ha dado lugar en el armamento militar con el destino de conservar la tranquilidad interior de la capital, no ha prevenido solo un medio de defensa, que subrogue la salida de las tropas disciplinadas, sino también ha proporcionado el colegio la mayor complacencia, franqueándole ocasión de explicar el ardiente deseo que agita a sus individuos a manifestar su fidelidad al rey.

Penetrado el colegio de la abominación que merecen las quiméricas voces de libertad e independencia, con que seducen los perturbadores de la paz a los incautos, y con que los ambiciosos tratan de sorprender a los preocupados para substituirse en sus fortunas, solo ha reconocido en la insurrección se le trastorno del orden político y moral, la efusión de sangre, y la transformación monstruosa, con que el noble, el literato, el empleado, y el propietario ceden al orgulloso, al inepto y prostituido la comodidad que habían conseguido por su nacimiento, aplicación, méritos e industria”.

Rechazando de esta manera la independencia en el Perú, los dirigentes de dicho colegio de profesionales de la ley, agregaron:

“En el presente año, al momento que por una insinuación de V.E. al señor regente de esta Real Audiencia, se procuró indagar si entre los individuos del Colegio se podían separar algunos de fuerza física, todos a una voz clamaron por el armamento y destino, disputándose las aptitudes, sin reparar en su edad, achaques y atenciones prolijas de su oficio.

Convencido V.E. de esta loable decisión, ha accedido a solicitud tan urgente, instalando la Reunión de Fidelidad y Literatura, para conservar la tranquilidad interior de la ciudad, dividiéndola en dos secciones, y cada una de estas en cuatro subdivisiones: aquellas al mando de dos magistrados con el título de jefes principales y proponiendo por jefes de sección bajo de los respectos de su antigüedad y aptitud.

Ellos recibieron sus correspondientes títulos con fecha primero del presente mes, y con la misma suscribieron los boletos de los individuos repartidos en cada subdivisión, con el visto bueno del jefe principal de la sección, franqueándoseles aquellas armas más idóneas en virtud del libramiento dirigido por V.E. a la subinspección del real cuerpo de artillería”.

Los dirigentes del Colegio de Abogados de Lima en febrero de 1819 eran: Ignacio de Benavente Silva y Moscoso, decano; José Cabero, primer diputado; Manuel Tellería, vocal secretario, y los demás integrantes: Mariano Calero, Justo Figuerola, Francisco Herrera, Anselmo Pérez de la Canal y Pedro Rolando. Ellos se despidieron de Pezuela con las siguientes palabras:

“Entre tanto recupera la razón sus derechos, y la naturaleza el orden de la creación, entre tanto el Dios de los ejércitos reúne el gobierno y sentimientos del género humano, sucumbamos a la necesidad gloriosa de defender nuestra monarquía, nuestra legislación, nuestras familias y hogares subordinándonos con confianza al general que nos rige, cuyo acierto está ejecutoriado por sus victorias. Nuestro Señor guarde a V.E. muchos años para la defensa del reino y protección de este colegio”.

El 2 de marzo de 1819, en carta fechada en Lima, el virrey Pezuela contestó: “A la Junta de Dirección del Ilustre Colegio de Abogados:

“La explicación que el Ilustre Colegio de Abogados me hace por el conducto de la junta de Dirección en su oficio de 28 del pasado, de los verdaderos fines y resultados a que termina la subversión política de estos dominios, y de su consiguiente oposición a las ideas de los partidarios de ella, es el testimonio más convincente de que las ciencias en la capital del Perú conservarían la alta dignidad de su instituto”.

Así, seguro que la dignidad de los abogados pasaba por mantenerse leales a la monarquía, Pezuela les escribió lo siguiente en la misma misiva:

“El colegio debe tener la satisfacción de que anuncia unas verdades demostradas por la experiencia de lo pasado y el tenor de los sucesos presentes, yo disfruto desde ahora el dulce placer de ver confirmado el concepto que tenía de su fidelidad ilustrada por la santa doctrina, y luego que llegue a noticia del público el escrito con la más elegante forma que lo he recibido, creo que el vecindario de Lima más y más persuadido de que el pretendido trastorno de las autoridades arruina todos los intereses sociales y particulares, cuente entre los muchos timbres que ya tiene adquiridos por su amor al soberano y constante subordinación a la ley, el de presentar acaso el primer ejemplar de que sus literarios se coadunen en fuerza armada y dejen en su caso el ejercicio de sus funciones pacíficas, y la abstracción de sus retiros por mantener con la espada el orden y tranquilidad común”.

El virrey de la resistencia monárquica, es decir Pezuela, en dicha carta se animó a decir:

“¡Ojalá que algunos incautos extraviados en pos de un fantasma de independencia, leyendo este insinuante rasgo de juicio y patriotismo, y pensando maduramente en su futuro destino, vuelvan a la única senda que puede librarlos de todos los estragos de la anarquía, y conservándolos en los goces a que los llaman su naturaleza, las saludables instituciones de nuestra monarquía, y la privilegiada posición de la parte del globo que habitan”.

Y Pezuela se despidió en este tono: “Que siendo un atributo esencial a la gloria del trono el conocimiento de las virtudes para congratularse con ellas y premiarlas, informaré oportunamente de todo a Su Majestad, con testimonio del oficio que dejo contestado. Dios guarde a Vuestra Señoría muchos años. Lima, 2 de marzo de 1819”.

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