miércoles, octubre 20, 2021
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Joseph Helm, el primer ballenero que se hundió en la pobreza en el Perú

La pesca o caza de ballenas se realiza desde hace siglos en el mar peruano. Foto referencial.

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN 

PERÚ BICENTENARIO

“De primer empresario ballenero a mendigo”, bien podría ser el título de una película ambientada a principios del siglo XIX basada en un emprendimiento que hizo agua, ello mientras el Perú colonial estaba en sus postrimerías y se alistaba a convertirse en una república.

La filmación podría ocurrir en las calles de Lima y del Callao, incluido el primer puerto del país. Al sur, se grabaría en Pisco y, al norte, en Huacho. Los protagonistas de la historia serían: El ballenero Joseph Helm, el doctor Hipólito Unanue, el virrey Fernando de Abascal, el rey Fernando VII de España y alguno que otros extras. Al final de la película se colocaría el rótulo: “Basada en hechos reales”.

Y es que, efectivamente, esta no es una ficción sino una historia basada en hechos reales, documentada con el intercambio de oficios, cartas y objetos entre dichos personajes entre 1812 y 1814, aunque todo empezó en 1808, año en que Joseph Helm invirtió cerca de catorce mil pesos para convertir su barco en ballenero, es decir para poder dedicarse a la pesca de cetáceos y extraerles por kilos esa sustancia llamada esperma que se podía transformar en cera para las velas y en aceite para el alumbrado público y doméstico.

Pidieron igualdad de competencia

Desde 1790 España había autorizado a Inglaterra y a los Estados Unidos de América a pescar ballenas en el territorio del virreinato del Perú. Por información de los balleneros de estos países que recorrían el Pacífico sur y anclaban en el Callao, los empresarios y comerciantes peruanos veían y sabían que la industria de extracción de cetáceos dejaba, a la totalidad de pescadores extranjeros, una ganancia anual de 9 millones de pesos.

Los 18 años que transcurrieron de 1790 a 1808 en que Joseph Helm invirtió todo su dinero para convertirse en un pescador ballenero, a cargo de una tripulación sedienta de éxito y remuneraciones al día, habían sido vistos como años de bonanza para los extranjeros y no para los peruanos, quienes consideraban a los cetáceos y a otros faunos marinos como un tesoro de la naturaleza al igual que el oro y la plata. De ahí que enviaran sus reclamos al Real Tribunal Consulado de Lima pidiendo igualdad de competencia. Como empresarios agremiados a esta institución solicitaron que resuelva la injusticia.

Tuvieron que pasar otros 6 años para que los reclamos llegaran al rey Fernando VII, y nada menos que de manos del doctor Hipólito Unanue, quien después se convertiría en uno de los principales patriotas de la independencia en 1821 durante el gobierno de José de San Martín.

Unanue en 1814 se encontraba en Madrid ante la corte de España en su condición de representante de Arequipa, territorio vasto en animales marinos y cuyo mar estaba nutrido de cetáceos. Helm y otros empresarios agremiados al Real Tribunal Consulado de Lima le habían entregado documentos con la exposición de motivos para que la corona española resolviera la competencia desleal entre peruanos y extranjeros.

Muy tarde para nacer

El virrey Abascal estaba de acuerdo en que el tema no podía seguir en compás de espera, y sabía que el camino para llegar al rey era el Consejo de Indias. Igual, el doctor Unanue, quien aprovechando su estadía en Madrid tomó cartas en el asunto enviando una muestra de esperma de ballena, tres oficios con los argumentos de Helm y otros empresarios. Pese a la buena voluntad fue muy tarde para el nacimiento de una industria ballenera en el Perú.

Fue tarde porque cuando el rey Fernando VII legisló autorizando a los peruanos a la pesca de ballenas ya era 1815, el virrey Abascal enfrentaba las sublevaciones patrióticas y pronto dejaría el cargo al virrey Joaquín de la Pezuela.

El decreto real nunca pudo entrar en vigencia por extemporáneo, falta de recursos y porque el fracaso de Helm como pescador ballenero ahuyentó a otros inversionistas que descartaron este emprendimiento por negocios menos riesgosos. Fueron tiempos en que la noción de ecología era nula o incipiente.

Unanue sabía de la situación de Helm, y se lo explicó así al rey Fernando VII en la siguiente carta fechada el 15 de octubre de 1814:

“Los gobernadores arbitrarios y excitados como hombres al interés no podían servir sino para arruinar al comerciante laborioso que quisiere entrar en semejante proyecto. Así sucedió con el benemérito don Joseph Helm, que fue el primero que quiso abrir a la nación este tesoro del océano. El estado miserable a que él y su familia han quedado reducidos por la impune arbitrariedad de un gobernador no solo se ha expuesto con sentimiento por los instruidos comerciantes autores de los informes al Real Tribunal del Consulado de Lima sino también por el mismo actual virrey de la concordia, que desea con empeño entablar esta pesca…

La desgracia persecución de Helm ha sido muy perjudicial a los intereses del rey y de la nación, no solo en cuanto sofocó la primera empresa de este género, sino como se explica en la Nota número 3 en cuanto influye en lo sucesivo por el desaliento y desconfianza que infunde un espectáculo tan tierno de una familia desolada y reducida a la mendicidad, causado por la conducta contradictoria que han observado los jefes de unas provincias dependientes de un mismo gobierno”.

La nota 3 a la que alude Unanue está fechada en febrero de 1812 y dice: “…No pudiendo bajar de 30 a 40 tanto ingleses como de los Estados Unidos las que hacen anualmente su carga de esperma, aceites y pieles de lobo, y su valor ínfimo el de 100 mil cada una, resulta la enorme cantidad de cuatro millones de pesos en favor de su industria”.

La historia real de Helm figura en el Archivo General de Indias de Sevilla.

El fracaso como pescador ballenero arrastró a Helm y a su familia a la bancarrota. ¿Los actores extras de esta historia? José Antonio Herrea, Ignacio Santiago, Pedro Altuzarra, Manuel de Santiago, Juan de Oyarzaval y Pedro Abadía, comisionados y empresarios que a través del Real Tribunal del Consulado de Lima apoyaron a este empresario emprendedor casi desconocido. Nulos fueron sus esfuerzos para que se revierta la bancarrota de este ballenero cuya historia hemos revelado aquí.

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