viernes, diciembre 3, 2021
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Casos de curas y otros religiosos en el Perú que esclavizaron a negros salen del anonimato

 

Los integrantes del cuerpo eclesiástico tenían sus esclavos durante la época hispánica en el Perú. Foto: Referencial.

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN 

Cuando en 1779 uno de los más grandes esclavistas de negros en la historia del Perú, José Antonio Lavalle y Cortés, vendió una esclava a Domingo Larrión, canónigo de la céntrica y concurrida Iglesia Metropolitana, en realidad se trataba de otra compra-venta realizada entre esclavistas y miembros de la Iglesia. Así consta en el Archivo General de la Nación, en los impresos del Mercurio Peruano, testamentos, bibliotecas de parroquias, cartas, facturas y otros documentos sacados a la luz por diferentes investigadores en diversas publicaciones que, vistas en su conjunto, permiten conocer casos de la trata y vida de los esclavos durante el Virreinato e inicios de la República.

Al canónigo Domingo Larrión hay que sumar a otro religioso esclavista, el cura de Huamanga, Antonio de la Breña, quien en 1766 compró a la esclava llamada Plácida de 18 años de edad. Se la compró a doña María Eusebia Sarmiento, otra traficante. Plácida tenía un hijo, y los dos fueron comprados por 500 pesos. En el contrato de venta la propietaria se encargó de garantizar que la esclava no era borracha ni ladrona.

Ese mismo año, o sea 1766, el cura Diego Manuel de Bermúdez manumitió a su esclava Josepha y al hijo de ambos, Joseph, indicando que lo hacía “por el amor con que me han servido”. Otro esclavo que casi fue liberado “por servir con amor” fue Mariano Jacinto, de 20 años de edad, pero en una escritura posterior su dueño anuló la carta de libertad argumentando“inobediencia, infidelidad y otros excesos que ha cometido y falta de respeto”.

Se rescata también de la historia el caso del cura de Corongo (Áncash), quien en 1791 compró para su servicio personal a Valeriana Lorente, la cual habiendo fugado a Lima para asistir a las fiestas de Carnestolendas al regresar fue perdonada por su propietario en un acto libre de interpretaciones. Las fiestas de Carnestolendas es el período que comprende los tres días anteriores al miércoles de ceniza, día en que empieza la cuaresma.

Hay casos más remotos. En 1645 el cura Francisco de Alcántara compró una esclava de 20 años de edad que estaba sin bautizar, pagando por ella 400 pesos.

Así como los integrantes del cuerpo eclesiástico tenían sus esclavos, los creyentes cristianos también poseían los suyos. Entre estos creyentes religiosos se encuentran Teodoro Zapata y el hacendado limeño Juan Antonio Garay. El primero en 1783 compró una esclava de 24 años de edad a Juliana Ladrón de Guevara por 500 pesos, y el segundo en 1765 compró 21 esclavos a 450 pesos cada uno con un descuento de 50 pesos por cada esclavo enfermo.

Muchos esclavistas arrepentidos de sus acciones reconocieron a sus hijos esclavos. Uno de ellos fue Sebastián Gómez, quien tuvo una hija con la esclava Juana Ramírez. La pequeña fue bautizada y fue liberta con el dinero que este mismo padre dio.

Otro caso es el del marinero Juan de Mendoza, quien con la esclava Natalia de Cabo Verde tuvo un hijo llamado Alonso. En su testamento este hombre de mar dejó dinero para la manumisión tanto de la madre como del hijo.

Semejante es el caso de Salvador Arias, quien antes de casarse con una dama de su núcleo social, decidió liberar a su hija María Arias y a la esclava con la que la tuvo, pero con el añadido que lo hizo para que ambas se vayan de la casa y así pueda fundar un nuevo hogar tras su anunciado matrimonio.

Hay esclavistas que preferían no especificar los vínculos con sus esclavos y otorgaron dinero y carta poder detallando lo siguiente: “para los fines ya explicados”, “para las personas ya indicadas”, y “ya sabe lo que hará”, indicaciones que se explican por sí solas.
Hay documentos en los tribunales con los reclamos de esclavas sobre la conservación de su honor por cuanto sus amos apelando a su ´derecho´ de propietario utilizaban sus cuerpos por más resistencia que ellas pusieran.

Hay otros hechos poco conocidos relacionados a la esclavitud y la vida en los conventos, donde no pocas mujeres de familias pudientes tras tomar los votos de pobreza y renunciar a sus propiedades, tenían esclavas que les aseaban la celda, cocinaban, lavaban y salían de compras o a entregar recados a sus familiares y conocidos. Vale agregar que había mujeres confinadas a los conventos tras ser descubiertas sus relaciones con algún esclavo, el cual era castrado y luego asesinado.

Las esclavas servían a las monjas como si estuvieran en su casa e incluso a cambio de un jornal eran enviadas a vender los dulces que se preparaban en los conventos. Cuando recibían una buena oferta, algunas monjas y sus familias vendían a sus esclavas o intercambiaban por otras.

A todo esto, la Iglesia enviaba curas a la Plaza Mayor de Lima y a las haciendas los primeros domingos de cada mes para dar sermones a los esclavos. El padre Portillo, el padre Gonzales y el padre Piñas predicaban la necesidad de respetar a Dios y de mantener las buenas costumbres. Los jesuitas utilizaban un diccionario y gramática de la llamada lengua de Angola para el sermón y para entender las confesiones que tuvieran que hacer los negros. Los esclavistas se confesaban en español. Las confesiones y penitencias en ambos casos se entiende se guardaban en secreto.

Durante los siglos que duró la esclavitud en el Perú y en otros territorios bajo la monarquía española, los Papas no se oponían a la esclavitud. Incluso en 1548 Paulo III confirmó el derecho a los eclesiásticos y a todo cristiano de tener esclavos negros, por lo que el tráfico de hombres y mujeres de África era visto como algo permitido y aceptado socialmente desde que los españoles llegaron al Tahuantinsuyo en 1535 trayendo el comercio y negocio de la esclavitud que ya imperaba en España.

Fue bajo el mandato de Paulo III que el 14 de mayo de 1554 se erigió en Lima la Iglesia Metropolitana, la cual conocemos como la Catedral, en la que cientos años después fue su lugar de trabajo del ya mencionado canónigo Domingo Larrión, quien murió en 1812 y tres años después lo hiciera Lavalle y Cortés, el otro esclavista que junto a cientos de traficantes de negros han pasado desapercibidos en la historia nacional e incluso hay monumentos erigidos a sus nombres, así como calles, escuelas, pueblos, plazas que deberían ser cambiados en reivindicación de los afrodescendientes en el Perú rumbo al Bicentenario de la Independencia.

PERÚ BICENTENARIO

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