sábado, julio 31, 2021
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El sedicioso zambo Miraval y Juliana su esposa cómplice. Revelamos los 11 testimonios que los testigos dieron en Huánuco

Pío y Juliana formaron una pareja que a inicios del siglo XIX optó por defender la patria española. Foto referencial. Foto: Freepik.

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN

PERÚ BICENTENARIO

La historia de Pío Miraval y su colaborativa esposa Juliana Beitia se presenta aquí como parte de los hechos desconocidos relacionados a la sofocación de los primeros intentos independentistas en el Perú.

Este caso se remite a lo sucedido en 1812 en los poblados de la estratégica región de Huánuco, particularmente en el de Pachas. Es la historia de dos personajes que se enfrentaron a la causa patriótica republicana pero que, contra todo pronóstico, en 1818 terminó con él acusado por daños y perjuicios al virreinato y por ello llevado a juicio en Huánuco.

El hecho gira en torno a lo que se conoce históricamente como la rebelión de Huánuco y Huamalíes, que se extendió del 12 febrero al 22 de marzo de 1812, un mes de revolución tras el cual los realistas se hicieron con la victoria sobre los indígenas y criollos de esta región que creyeron que había llegado el momento de que los españoles regresaran a su país y el Perú empezara a ser administrado y gobernado por peruanos. Todo esto casi diez años antes que los libertadores José de San Martín y Simón Bolívar consiguieran declarar y ratificar la independencia del país desde Lima y Ayacucho junto a patriotas sudamericanos y peruanos.

El mestizo Contreras

Esta historia de Pío Miraval y su esposa Juliana Beitia sucedió en Pachas, poblado de Huánuco que, a su vez, en esa época pertenecía a la jurisdicción político-administrativa de Tarma.

El 22 de febrero del 1812 en la población de Panataguas se había encendido la chispa de la insurrección encabezada por el mestizo Juan José Contreras, quien con 500 lugareños logró ahuyentar al ejército español afincado en la zona provocando con ello que otros cientos de indígenas se alzaran en varias localidades cercanas. Antes de ese año, en otros lugares del Perú ya se había registrado otras pequeñas revoluciones.

El patriota mestizo Juan José Contreras como líder de la insurrección tenía varios lugartenientes, entre ellos Norberto Haro y Bernardo Abad, quienes recorrieron varias comunidades y luego de pasar por el poblado de Llata intentaron tomar Pachas, pueblo en el que como realista Miraval operaba como sargento primero de la Compañía de Caballería de Milicias Urbanas del partido de Huamalíes.

Aparte de Llata, los insurgentes iban llegando procedentes de Sillapata, Ripan y Huallanca. Eran temidos porque a su paso saqueaban las propiedades de los españoles, los ajusticiaban y hasta amenazaban con beber chicha en sus cráneos una vez caídos.

Fundición de balas

El 21 de marzo Miraval capturó a Haro, Abad y a otros líderes de la insurrección y los encerró en la casa de su fallecido padre, Juan José Miraval. Para contener el asedio, ordenó ese día derribar el puente de Pachas, armó a los fieles a la corona con sables, cuchillos y 8 escopetas a las que dotó de balas que su esposa produjo luego de fundir su vajilla de peltre.

“A los testigos les consta que para el mismo efecto tuve, igualmente, que solicitar pólvora y balas teniendo que emplear día y noche a mi mujer y familia para la fundición de estas últimas”, refirió en una carta ante las autoridades españolas. El revolucionario Haro fue ajusticiado por insurrecto.

El peltre es una aleación de zinc, plomo y estaño que antiguamente se utilizaba para fabricar bandejas, tazas, platos, cubiertos y otros objetos de uso doméstico. Una vez fundido este material, se podía producir balas de distintos tamaños. Los indígenas utilizaban hondas y cuchillos, por lo que cualquier enfrentamiento casi siempre era en inferioridad de condiciones.

El 2 de abril de 1812 Miraval fue encarcelado, sus bienes vendidos en la plaza de armas y los de su madre (incluida la casa paterna) fueron embargados por los administradores de la gestión del virrey José Fernando de Abascal.

Según Miraval, ello se realizó “por los informes que produjeron Juan Reimundez, vicario y cura de Pachas, y el realengo del partido de Huamalíes, Manuel del Real, lo que hizo que se acrecentaran mis quebrantos en tal manera que a no haber provocado plenamente vuestra señoría la falsedad con que aquellos se condujeron, habría sido víctima del furor de estos mis declarados enemigos, que decididamente se conspiraron a desaparecerme de la tierra de los vivientes, sin haberles causado la menor ofensa”.

La corona española, recogiendo las versiones del cura Juan Reimundez y del realengo Manuel del Real, se dispuso a cobrarle solo a Miraval 400 pesos como parte de la reparación económica por los costos de la insurrección y el derribo del puente de Pachas por más que se haya realizado para defender el virreinato. Los otros autores también debían pagar diversas sumas.

Cartas pro inocencia

En 1818 Miraval, llamado el zambo Miraval por los insurrectos, todavía buscaba que se le declarase no estar obligado al pago de los costos causados por la insurrección en Huánuco y Huamalíes. Estaba acusado por la Fiscalía del Crimen con el cargo de sedición. Su esposa había entregado como garantía de la inocencia de su esposo los 400 pesos que la ley le exigía.

Mientras su esposa Juliana escribía y dirigía cartas a nombre de su esposo Pío ante las autoridades para pedir que declaren su inocencia, este se quejaba que desde 1812 habían pasado ya 6 años sin que le dejaran probar su inocencia.

“Estoy deseando no queden oscurecidos mis servicios públicos en aquel lugar. Pido se suspenda todo apremio sobre mí”, refirió al señalar que contaba con 11 testigos bajo juramento, con cuyos testimonios se armó un expediente de 21 hojas que se encuentra en los archivos referidos a las rebeliones del siglo XIX cautelados en la Biblioteca Nacional del Perú. Aquello fue el 15 de julio de 1818, ante el comisionado en el pueblo de Pachas, Manuel de Ceballos.

En dicho expediente el descargo de Miraval se refiere en los siguientes términos:

“A virtud de esta vigorosa resistencia conseguimos hacer fugar a los insurgentes hasta el río, una legua distante del pueblo… Después de un reñido combate de 24 horas los derrotamos completamente y tomamos prisioneros a las cabezas. Como es cierto que disperso y prófugo el cuerpo de insurgentes que ascendería como más de mil hombres por una parte, y por otra como trescientos, a todo el enemigo contra nosotros ocho destruimos el puente para imposibilitar su reunión y nueva acometida al pueblo. Su mayor empeño era quitarme la vida. Del mismo puente recibí cartas de los indios en que me amenazaban, y protestaban beber chicha en mi cráneo… Dejando asegurados las cabezas en la cárcel pública pasé a la ciudad de Huánuco a dar parte a vuestra señoría, de suerte que cuando llegó la división mandada por vuestra señoría a aquella provincia encontró presos a dichas cabezas, y entre ellos a Norberto Haro, que fue sentenciado y pasado por las armas… A vuestra señoría pido, suplico se sirva así mandar por su comisionado de su superior arbitrio. Juro a Dios y una señal de la Cruz no proceder de malicia sino en justicia con lo más necesario. Pío Miraval”.

En otra hoja del expediente se lee a Miraval diciendo que:

“Siendo yo caudillo de aquel corto número de hombres que se manifestaron leales por mi entusiasmo logré aprender al general Haro, y dos capitanes de su facción y 84 insurgentes que venían en su ejército, y asegurados estos en la real cárcel, y los capitanes en casa separada, me dirigí con mi corta escolta persiguiéndoles hasta el puente que se nómina de Pachas… Vuestra señoría digo que en diciembre de 1812 me presenté a esta superioridad a efecto de hacer constar en judicial forma los servicios que como fiel vasallo de su majestad católica hice con mi persona y caudal en el mismo año en defensa del puente del expresado Pachas para impedir y contener allí el progreso de la insurrección de aquel partido, y que se transmitiese a otros de esta provincia, exponiendo a los mayores riesgos mi persona con la gente fiel que me acompaña y estuvo a mi comando sosteniendo a aquel punto a vivo fuego de una parte a otra”.

El caso llegó hasta la Real Audiencia de Lima, donde la Fiscalía del Crimen valorando los hechos y los testimonios resolvió por la inocencia de Miraval así como por la devolución de los 400 pesos. La sentencia se rubricó el 18 de octubre de 1818 por los miembros del jurado y el relator de dicha Real Audiencia, Gregorio Luna.

Estos son los testimonios de las 11 personas que participaron en la causa judicial que la corona española siguió contra Miraval. Estos testimonios fueron recogidos por Manuel de Berrospi y Francisco Coronel de Dávila a nombre de la corona española.

El primer testigo fue el teniente de milicias del regimiento de esa zona, José de Equisabel, de 49 años de edad, quien dijo que “a su llegada al puente el 21 de marzo de 1812 oyó decir que Miraval había costeado la pólvora y balas que se gastaron en aquella defensa. Miraval y otros resolvieron derribar el puente para precaverse de una segunda invasión, luego tuvo que abandonar a su familia e intereses hasta que volvió con la División del Ejército que vino de Huánuco”.

El segundo testigo fue Francisco Alexandro, quien aseguró que “le consta que Miraval tenía su vida expuesta a perderla por hallarse los indios de una y otra banda indignados contra él a causa de no haber accedido a sus ideas, y que hacía resistencia hacia ellos”.

El tercer testigo fue Lorenzo Osorio, de 40 años de edad y trabajador en el puesto de recaudador del ramo de Contribución del pueblo de Pachas. Ante las autoridades afirmó que “sabe y le consta que dicho Miraval les proporcionó los utensilios de pólvora y balas para resistir la fuerza que harían los insurgentes de la banda contraria, destinando a su mujer y a su familia a la fundición de metrallas de varias piezas de estaño que tenía en su casa. A Miraval le pasaron los insurgentes varios papeles amenazándolo de muerte y que no se contentarían hasta beber chicha en su cráneo… Miraval dejó asegurados en este pueblo a Norberto Haro y a sus dos compañeros en la casa que fue de don Juan José Miraval, padre del recurrente (Pío Miraval). Y dejó un número crecido de insurgentes en la cárcel pública, cuya custodia fue encargada a las mujeres y de jefe de ellas se constituyó la mujer de don Pío Miraval, gratificándoles estas con carne, papas y granos”.

El cuarto testigo fue el español Jacinto Miraval, residente en Pachas, quien refirió que “me consta que mandó fundir Miraval y su familia una vajilla de peltre para socorrer de balas a los combatientes del puente y como del mismo modo los socorría de pólvora… En su ausencia, quedó su mujer encargada de aprestar todos los auxilios a los defensores del rey y la patria hasta concluir con sus bienes”.

El quinto testigo fue Pedro Pablo Berrospi, que dijo que “era público y notorio que Miraval había soportado todos los gastos de alimentos, coca y tabaco para la gente que estuvo de guarnición, desollando reses en el mismo sitio”.

El sexto testigo fue Vicente Ferrer, “de clase mestizo”, quien dijo que “sabe y le consta por haberse hallado presente que el día que llegaron los indios revolucionarios de vuelta del pueblo de Llata a este de Pachas recogió Miraval un corto número de hombres y armando a estos con sus escopetas, sables y cuchillos, acometió a dichos insurgentes”.

El sétimo testigo fue Nicolás Pilco, de 53 años de edad, quien afirmó que “presenció que don Pío Miraval y su mujer armaron en el posible modo unos hombres de los vecinos de este pueblo de algunas escopetas, sables y cuchillos… El empeño de los insurgentes era agarrar a Miraval para saciar el encono que contra él tenían, así por la prisión de sus comandantes como por haberles estorbado el saqueo que precisamente hubieran ejecutado en este pueblo por cuya razón gritaban a voces que les entregarán al zambo Miraval para poder hacer las amistades con los de este pueblo”.

El octavo testigo fue el español José Paredes, vecino del pueblo de Llata, quien aseguró que “estando en la casa de Miraval suplicándole que del modo posible procurase quitarle su caballo a dichos rebeldes, llegó el finado Ambrosio Llanos acompañado de su hijo Pedro Zacarías Llanos, quien dijo ‘le doy los parabienes a Miraval de la elección que los insurgentes le habían hecho de hacerlo su subdelegado. A esta razón Miraval en ceño descompuesto y colérico les contestó a los Llanos diciéndoles que él era fiel vasallo al rey y que en vez de agradecerles su inicua elección acabaría con ellos y perdería la última gota de su sangre en defensa de su rey’. Cuando volví por provisión, encontré a la mujer de Miraval y su familia fundiendo platillos de peltre y haciendo balas… Hasta la llegada de la tropa del rey fue contribuyendo la mujer de Miraval con vacas cuya verdad la podrá certificar el ayudante mayor Manuel Huete, Pedro Mesa y el cabo Tadeo Reyes”.

El noveno testigo fue Esteban Fernández, de 30 años de edad, quien narró que “la turba de insurrectos que pasaron al pueblo de Llata lo hizo después de haber saqueado del de Aguamino y Ripán. En el pueblo de Llata cometieron delitos inauditos que por públicos omito referirlos… Es cierto que Norberto Haro, Bernardo Abad y el otro de cuyo nombre no me acuerdo fueron custodiados solo por las mujeres durante la guerra, a quienes la mujer de Miraval las acaudillaba no cesando esta señora en hacer continuas remesas de comestibles a los puentes para los que estaban en aquella fatiga hasta que llegó a este pueblo el ejército remitido por el señor gobernador intendente”.

El décimo testigo fue Josef María Gomes, quien dijo que “acometió Miraval a los indios que entraron a la plaza y aprendiendo a muchos de los que pudieron agarrar hicieron lo mismo con los que se nominaban capitanes de Panataguas. Norberto Haro y sus dos compañeros se mantuvieron presos hasta ser entregados al comandante de la división, don Miguel Maíz”.

El onceavo testigo fue Pedro Pascacio Gomes, quien refirió dijo que “Mirabal hizo ingentes gastos en sostener la causa pública y real de sus propios bienes”. 

El expediente fue enviado el 15 de julio de 1818 por el comisionado en el pueblo de Pachas, Manuel de Ceballos, al gobernador intendente de Huánuco para que resuelva. El tenor del documento era exculpatorio:

“Señor gobernador intendente: Cumpliendo con el superior mandato de vuestra señoría pase a este pueblo de Pachas a recibir la sumaria información pedida por Pío Miraval, sargento de una de las compañías del Regimiento de Milicias Urbanas de Partido. Se han tomado las deposiciones de once testigos como verá vuestra señoría por el cuaderno de las diligencias obradas en esta materia, ellas vierten a la verdad a la inocencia de dicho Miraval, el amor al soberano a la patria y causa pública, y quisiera que mis pocas voces tuvieran un poco de elocuencia para informar a vuestra señoría que la sindicación tramada contra Miraval en esta materia por sus émulos ha sido la más injusta y temeraria pues en vez de ser premiado este individuo como uno de los buenos servidores al rey nuestro señor, se halla manchado y perseguido hasta la presente época, no con poco detrimento en su persona e intereses. La justificada integridad de vuestra señoría como escudo que defiende a los infelices indefensos que hemos nacido en estos desdichados lugares. Informaría a la superioridad todo lo que hallase por conveniente. No presumiendo que haga yo esta relación por pasión de paisano sino obligado a decir la verdad por Dios y en conciencia. Dios guarde a vuestra señoría muchos años. Pueblo de Pachas, 15 de julio de 1818. Manuel de Ceballos”.

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