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Carta de un real derrotado, Pezuela y su adiós tras perder el virreinato del Perú

“Las clases que forman la masa de esta población, indios, negros y criollos, odian a cual más, y son unos enemigos irreconciliables del gobierno español. Los mismos españoles se combinan para desacreditar a mi gobierno. Los caballeros de Lima, a quienes he tenido por adictos a la causa española, y que tenían más motivos para serlo por sus distinciones o empleos, se han manifestado o decididos en su contra”, expresó el virrey en su manifiesto con 24 argumentos de despedida redactados en Lima

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN

PERÚ BICENTENARIO 26 / 03 / 2020

¿Qué decir cuando pierdes el reino encomendado, un reino que tus compatriotas gobernaron por más de tres siglos y creías que así sería por siempre? La respuesta, única en su género en la historia mundial, la dio en un manifiesto Joaquín de la Pezuela el 16 de diciembre de 1820, fecha de su último día en el cargo de virrey del Perú desde que el 7 de julio de 1816 lo empezó a ocupar por decisión de Fernando VII, el rey de España.  

Joaquín de la Pezuela gobernó unos cuatro años el virreinato del Perú, y se despidió del cargo ese 16 de diciembre de 1820 luego de ser derrocado por incapacidad por el jefe del ejército imperial en el Perú, el general José de la Serna, quien lo sucedió en el puesto a partir del 29 de enero del año siguiente y se quedó en este hasta capitular en 1824 al ser vencida su administración y la resistencia de la monarquía al ganar, ese año, los patriotas las batallas de Junín y Ayacucho.

El virrey Pezuela no fue el último virrey del Perú, pero fue el primero en despedirse del cargo a través de dicho manifiesto que aquí por primera vez hacemos público líneas más abajo. Supo reconocer la derrota de la monarquía española luego de tres siglos de invadidos los territorios del imperio incaico.

Habían pasado tres meses del desembarco en Paracas de la Expedición Libertadora en 1820, el 8 de setiembre, el norte y la sierra de Lima ya habían sido tomadas por el ejército de dicha expedición bajo el mando del general argentino José de San Martín, y la escuadra de lord Thomas Cochrane bloqueando las costas peruanas. Faltaban unos meses para proclamarse la independencia nacional desde la capital, lo cual ocurrió el 28 de julio de 1821.

Los 24 argumentos

El manifiesto del 16 de diciembre de 1820 del virrey Pezuela se divide en dieciséis exposiciones de motivos o Dieciséis Observaciones, y siete pronunciamientos u Ocho Declaraciones, en total 24 argumentos que aquí damos a conocer luego de revisar este histórico documento que se cautela en los archivos referidos a la memoria de gobierno de esta ex autoridad española en los territorios peruanos a principios del siglo XIX.  

En cuanto a las Observaciones, Pezuela en dicho documento del 16 de diciembre de 1820, refirió que:

“Por cuanto una larga experiencia adquirida en muchos años de mando, y práctica de los negocios públicos de estos países, el conocimiento que esto me ha dado del carácter e ideas de sus naturales, y mis continuas meditaciones sobre el principio, progresos y estado actual de la revolución de esta parte de América me ha obligado a hacer las siguientes observaciones:

  • Que la opinión de todos los pueblos es por la independencia
  • Que las clases que forman la masa de esta población, indios, negros y criollos, odian a cual más, y son unos enemigos irreconciliables del gobierno español
  • Que aun los caballeros de Lima, y otras personas del país a quienes en algún tiempo he tenido por adictos a la causa española, y que tenían más motivos para serlo por sus distinciones o empleos, se han manifestado hoy, o decididos en su contra, o cuando menos muy sospechosos
  • Que esta opinión la han manifestado desde el arribo a estas costas del ejército invasor con quien solicitaban descaradamente una capitulación que era una rendición ignominiosa, cunado yo contaba íntegros todos mis recursos, y un ejército dobel en número al de los enemigos, y muy superior en instrucción y en la clase de sus jefes y oficiales
  • Que los mismos españoles se hallan en el mayor desaliento y desesperados del buen éxito de esta lucha que todos se combinan para desacreditar a mi gobierno, atribuyendo a faltas mías lo que es un efecto necesario del orden de los acontecimientos, y de una opinión general sostenida por apoyos externos
  • Que estas censuras, y murmuraciones y el descrédito que me causan contribuyen más que nada a hacer ineficaces todas mis providencias, y aumentar la opinión y recursos del enemigo
  • Que esta insolencia ha llegado a punto de haber provocado conversaciones públicas entre militares y comerciantes sobre hacer una revolución para quitarme el mando y que si no se ha verificado es porque conociendo todos el estado del enfermo, no ha querido nadie hacerse cargo de él y que muriese en sus manos
  • Que tampoco tengo recursos para la continuación de una guerra tan dispendiosa
  • Que no hay ni puede haber giro, y de consiguiente ni entradas algunas
  • Que los que más gritan por la defensa, son tal vez los que más se resisten a contribuir
  • Que si hiciese el uso de la fuerza para exigir tales contribuciones, sería yo mismo hacer una revolución que debo contener
  • Que además me consta la escasez que hay de numerario por las medidas que han tomado todos los capitalistas para poner a salvo sus fortunas habiendo pasado en el presente año de diez millones de pesos en plata y oro lo cobrado en el Callao por el extranjero
  • Que las provisiones y comestibles deben faltar absolutamente dentro de muy poco, y el grito e impulso del hambre de un pueblo es lo más terrible
  • Que el atrevimiento, maniobras, sediciones, pasquines, y demás arterías de los patriotas agentes de San Martín en esta ciudad crecen cada día con la impunidad, y la esperanza de su triunfo
  • Que si procediese contra ellos sería completar la alarma en un pueblo ya demasiado alarmado y, además, preparar horribles venganzas y retaliaciones contra los buenos españoles que se ven obligados a permanecer en el país y cuya suerte futura, cuando no pueda proteger, no debo comprometerla más
  • Que es también visto y probado que un espíritu revolucionario como el de América, tan general, y uniforme y no solo producido por la exaltación de opiniones teóricas sino por odio, resentimiento y facción, no tiene cura ni remedio; pues con el sistema de suavidad, y blandura que yo he adoptado se animan más y se enorgullecen, y el rigor y el castigo los irrita y hace obrar en desesperados”.

En cuanto a sus Ocho Declaraciones por la derrota, refirió: “Por tanto, he juzgado conveniente y necesario hacer las declaraciones siguientes:

Mejor será degollar a todo soldado y oficial americano (en quienes nunca podemos ni debemos tener confianza, porque todos son nuestros enemigos más o menos descubiertos), y que en su lugar todos los chapetones residentes en Lima (cuyo número podrá ser de seis a ocho mil individuos conforme a los censos masónicos que en estos días hemos hecho) tomen el fusil sin distinción de edad, clase ni persona desde el arzobispo hasta don Matías Maestro, desde el regente Ansoategui hasta el receptor Mercado, desde don Pedro Trujillo hasta su portero, y desde el prior del consulado Gorbea, y los campeones Rico, Mazo, Abadía, Aguirre, Landaverri, etc., hasta el último pulpero y mercachifle, y salgamos inmediatamente al campo en busca del enemigo.

Que si todos, y cada uno de mis paisanos no tienen resolución para salir al campo a defender nuestra común causa, sacrificando sus vida e intereses, no sean tampoco tan inconsecuentes, tratándome con tanta desvergüenza y mala fe, de cobarde, y avaro solamente porque no hago lo que no puedo hacer yo solo, y a lo que ellos no quieren acompañarme hacer.

Que no adoptándose el medio propuesto del armamento chapetonesco, me veo en la necesidad de declarar solemnemente como lo declaro: que yo y mi ejército estamos ya vencidos, que nos damos por tales y que solo esperamos el momento de que Su Excelencia el señor general San Martín guste pasar a ocupar esta ciudad.

Que si esta mi solemne declaración desagradase a los señores de las tiendas y cafés, e insisten en la necesidad de destituirme del mando, les seré muy obligado si lo hacen dejando salvo mi pellejo, que por lo que respecta a las pesetas de mis ahorros e industrias, y de las de mi Angela ya las tengo aseguradas en puerto de salud hace mucho rato.

Que los señores gamonales que con tanto calor solicitan una negociación a su modo con el general San Martín, entiendan que este no es nada tonto, que se halla en situación de ponerles la ley, pero que se valdrían de ellos como de un medio si conviniese a sus miras.

Que aquellos chapetones mis paisanos, tercos, brutos, y obstinados que tan ferozmente se resisten a toda composición y avenimiento, conocerán lo que es la entrada de un ejército a viva fuerza en una población cuando vean en sus pechos y sobre sus cabezas las puntas de las bayonetas, y el filo de los sables enemigos.

Declaro que el único medio legítimo, prudente y de un agrado general en las circunstancias sería convocar a todo el pueblo generalmente, y que con toda libertad expusiese sus votos y deseos.

Última y principal. Que todos cedan a la necesidad y a las circunstancias, y que cada cual escape como pueda, como lo haré yo”.

En el último párrafo se despidió diciendo: “Ordeno y mando que este mi manifiesto se publique, fije y circule en la forma acostumbrada, que es fechado en este mi palacio virreinal de fierro viejo a 16 de diciembre de 1820. Ultimo de mi mando Joaquín de la Pezuela (Toribio de Acebal, Secretario)”.

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