miércoles, agosto 4, 2021
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Calixto de San José Túpac Inca en 1750 exigió en Madrid al rey Fernando VI parar abuso a los peruanos

Este corajudo descendiente inca convertido en fraile buscó por la vía pacífica la reforma del virreinato para acabar con el abuso contra los nativos peruanos. Desde el Perú viajó a Madrid y presentó al monarca su inmenso memorial de quejas indígenas. Murió en el exilio en un convento en Granada, cerca de África. Treinta años después Túpac Amaru II optó por el separatismo a través de la rebelión. La independencia se fue abriendo paso por la razón o por la fuerza

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN

PERÚ BICENTENARIO 04 / 03 / 2020

Esperanzado en atenuar las represalias en su contra, el valiente Calixto de San José Túpac Inca escribió su memorial de reclamos en forma de poema, y nada menos que de un poema similar al que en la Biblia estaba publicado, por lo que se entendía que al leerlo el rey Fernando VI de España de inmediato captaría el enérgico espíritu de rechazo que, en ese documento, se le estaba haciendo por las injusticias que la monarquía cometía en el virreinato peruano.

Este poema-memorial de acusaciones Calixto de San José Túpac Inca lo escribió en 1748 en su condición de miembro de la iglesia católica (era fraile franciscano) y, también, como legítimo descendiente de los fundadores del imperio incaico. En su juventud, había viajado por diversos territorios peruanos, por lo que conocía de los abusos que las autoridades españolas cometían contra los indígenas, abusos de tipo físico, espiritual, cultural, económico.

Este decidido personaje, apenas conocido en pequeños círculos de historiadores, y todavía motivo de estudio a nivel nacional e internacional, nació en Tarma en 1710 y, en 1727, por vocación asumió el sacerdocio como miembro de la orden franciscana. Era hijo de Dominga Estefanía Túpac Inca, princesa indígena descendiente de Túpac Inca Yupanqui, y del español Pedro Montes.

A los 38 años de edad, este fraile tarmeño no solo escribió la poética pero revolucionaria carta al rey Fernando VI sino que decidió viajar a España a entregársela, lo que finalmente consiguió no sin antes pasar peripecias para llegar desde Cusco a la península ibérica, pues no contaba con la autorización de sus superiores eclesiásticos ni de las autoridades virreinales. Tuvo que pedir prestado para costear los pasajes y así logró llegar, pasando por Buenos Aires, el 22 de agosto de 1750 a Madrid . 

Se metieron entre los soldados

Ya ubicado en Madrid, se presentó y constatando que tardaban en darle audiencia con el rey, el fraile se animó a cumplir su objetivo con el esquivo monarca, trámite que detalló de esta manera: “Y aunque nos habían ponderado mucho la mucha dificultad que había en ver al Rey y poderle hablar; no obstante, a costa de riesgos y peligros, aun de la propia vida, le salimos al encuentro; metiéndonos por entre la chusma de soldados, y le entregamos a su Majestad nuestro escrito, dicho día 23”.

Durante la entrega de la carta, o poema-memorial como igualmente se le conoce, el fraile Calixto de San José Túpac Inca se encontraba acompañado del también fraile franciscano Isidoro de Cala y Ortega, a quien algunos biógrafos atribuyen la autoría de dicho texto de inspiración bíblica, así como también a otro fraile de la misma orden, Antonio Garro. Sin embargo, se reconoce a este religioso tarmeño como el que finalmente escribió y entregó el escrito en forma de poema a dicho monarca español. 

Este descendiente de los incas, en su condición de fraile franciscano, denunció no solo las injusticias que las autoridades nombradas por la corte real cometían en los territorios antes del Tahuantinsuyo, sino también la desigualdad con que se trataba a los frailes y otros religiosos solo por el hecho de haber nacido mestizos, quienes no recibían igual trato que sus pares venidos de España a trabajar en las iglesias peruanas. Para ponerlos al tanto de las gestiones que realizaba en pro de un trato justo, el fraile escribió sus comentarios al cabildo de indios de Lima.

El libro de las Lamentaciones

Los estudiosos de esta carta de dicho fraile tarmeño resaltan que esta fue redactada basándose y siguiendo el modelo del quinto poema del libro de Lamentaciones del Antiguo Testamento, ello para poder comparar la situación de los nativos peruanos en cuanto al trato tiránico e inhumano que antiguamente habían recibido los judíos. El texto es una especie de paralelo entre hechos ocurridos en tiempos y lugares diferentes, pero similar en el calibre del sufrimiento y la desesperanza acumulada por siglos por las personas en situación de servidumbre y esclavitud.

Dicho con más precisión, salta a la vista al lector que para articular el contenido de su carta el fraile franciscano utilizó las escrituras atribuidas al profeta Jeremías a Dios, en el capítulo quinto y último de sus Lamentaciones, las cuales figuran en el Antiguo Testamento, un texto de análisis para expertos de diferentes especialidades.

En su carta-poema-memorial (son varias las maneras que sus estudiosos han encontrado para llamarla) aun cuando el fraile peruano manifiesta su lealtad a la iglesia católica y a la monarquía, no dejó de pedir la intervención y reclamar al rey que haga justicia a los indígenas peruanos y, con ello, a los nativos americanos. Un reclamo directo presentado de manera indirecta, pues se desconocía la reacción que pudiera tener Fernando VI (a quien, curiosamente, la historia española lo tiene registrado como el “Rey Justo”).

La carta de este valiente fraile peruano, conocida por títulos como “Representación Verdadera” y “Exclamación Reivindicacionista”, lleva un título más largo: “Representación verdadera y exclamación rendida y lamentable que toda la nación indiana hace a la Majestad del Señor Rey de las Españas y Emperador de las Indias, el Señor Don Fernando VI, pidiendo los atienda y redima, sacándolos del afrentoso vituperio y oprobio en que están más de doscientos años”.

Murió en Granada

Dos años antes de redactada dicha carta de protesta, es decir en 1746, Lima casi había sido destruida por un gran terremoto, por lo que para su reconstrucción se buscaron fondos económicos, lo que impactó en la vida y en salud de los indígenas, que eran explotados por los corregidores y por las autoridades del clero en Lima y Cusco, ciudad en la cual algunos cusqueños refieren nació este fraile franciscano, tal vez el primer religioso de ascendencia incaica en demostrar abiertamente su posición a favor del reformismo que reclamaban parte de los mestizos y criollos gobernados desde España.

Esta carta fue remitida al Consejo de Indias para que se pronunciara al respecto, pero pasó un año sin respuesta. A finales del año siguiente, es decir en 1752, a este fraile inca se le ordenó trasladarse a un convento que los franciscanos tenían en Valencia, y un año después empezó su retorno a Lima. En 1757 ya se encontraba en funciones en el convento de San Francisco de la capital peruana, pero por sus continuas reuniones con los reformistas de la iglesia y de la administración virreinal, fue enviado a España, esta vez como un castigo y todo pagado.

A este descendiente de los incas se le mantuvo encerrado en el convento de la Recolección de San Francisco del Monte del Desierto de Adamuz, en Granada, al sur del territorio español, a pocos kilómetros de cruzar al continente africano. Ahí murió el 14 de setiembre de 1782. Las represalias habían llegado, y en forma de exilio y/o destierro, como se quiera ver. La poesía ni la biblia fueron aquí tomadas en cuenta, en realidad en ninguna parte de esta historia real.

Rebeliones tras otras rebeliones

En 1748 ser separatista -como lo fue este fraile franciscano-, es decir pedir que se marche la monarquía y que se acabe el poder de la iglesia católica, era impensado, casi suicida. En 1742 había estallado la rebelión indígena del cusqueño Juan Santos Atahualpa bajo la bandera del retorno del imperio incaico, y en el virreinato aún se vivían las consecuencias. El desembalse de mayores reclamos continuó en 1750 con la rebelión de Huarochirí, a cargo de Francisco Inca, y en 1780, con la gran rebelión de Túpac Amaru II, la cual logró remecer a la monarquía afincada en el Perú.  

La escalada de todas estas acciones fue tan contundente en Perú y América, que nativos, mestizos, negros, criollos y españoles participaron cada vez más en los movimientos independentistas hasta que, a principios del siglo XIX, empezaron a desmembrarse los virreinatos tras más de 300 años de opresión monárquica.

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