Agustín Landaburu, el hijo del alcalde de Lima que murió en París dejando en 1799 un raro testamento

Hijo único, nacido en Cañete y heredero de ricas haciendas así como parte de la Plaza de Acho, se fue de Lima a París, donde murió en 1814. Antes, se había declarado soltero con tres hijos, uno de los cuales dijo no ser suyo; dio la libertad al hijo de su esclava Fermina, dejó para su sobrino una casa en Chincha, y fondos para atender a los presidiarios en pobreza

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN

PERÚ BICENTENARIO 07 / 03 / 2020

Los más variados sentimientos humanos están plasmados en el documento de hace más de dos siglos que aquí presentamos, el cual permite conocer si Lima en ciertos aspectos era una sociedad conservadora, machista, patriarcal, y en otros aspectos, no. Por tratarse de una experiencia individual, difícil llegar a una conclusión indubitable, pero sirva este caso de una de las personas más ricas de finales del siglo XVIII para conocer la mentalidad de un sector de los peruanos.

En esa época, el virreinato llegaba a su fin para el Perú verse renacer republicano, por lo que empezó a experimentar grandes transformaciones sociales, muchas de ellas de corte liberal, pues su ejercicio garantizaba practicar mayores libertades.

Esta es la historia real de Agustín Landaburu y Belzunce, natural de Cañete, quien el 20 de diciembre de 1799 firmó su testamento antes de viajar de Lima a España, por lo que temiendo perder la vida en la travesía manifestó en ese escrito: “Estando yo bueno y sano, en mi entero juicio, en vísperas de viajar a los reinos de España, expuesto a perder la vida, en una tan larga y penosa navegación, y queriendo arreglar mis cosas, y declarar mi última voluntad, por si acaso me sobreviniere este lance”, todo ello sin presagiar que moriría en 1814 en París (algunos documentos consignan que murió en Londres).

En esos días finales del siglo XVIII, el cañetano Agustín Landaburu y Belzunce también aseguró en su documento: “En este papel se mantiene mi última voluntad y testamento. Lima, 20 de diciembre de 1799, la que dejo de mi tío don Juan José Belzunce”, a lo que agregó: “Declaro soy soltero y en ningún tiempo he dado palabra de casamiento”.

Alta racionalidad

Siendo su testamento redactado en plena lucidez y sin ningún tipo de presión, este se constituyó en un documento que no solo refleja de su autor una amplia variedad de sensibilidades sino, también, una alta racionalidad respecto a cómo creía que debía repartir su fortuna entre las personas que amaba, quería o tenía en alta estima. De ahí que el testamento sea algo extenso y esté dividido en 16 cláusulas, varias de ellas referidas a temas administrativos como la designación de sus albaceas así como los encargos que estos tenían que cumplir de llegar su viaje a la eternidad.

En una de las cláusulas este personaje hasta ahora desconocido por las mayorías, señaló: “Declaro por mis hijos naturales a una niña nombrada María Josefa, de edad de tres años, y un niño nombrado Juan José, de dos años de edad, en una misma madre, no conocida y aunque en esta misma hay otra muchacha nombrada María Isabel, de cinco años de edad, que hasta el presente se ha mantenido en calidad de hija mía, habiéndola alimentado como las demás, su color y pelo distinta de los otros dos hijos míos, unido a algunas sospechas, que he tenido me hacen dudar para declararla, con todo quiero se mire con la misma consideración”.

Refirió en otra cláusula: “Es mi voluntad dejarle de legítima de mis dos hijos naturales, Juan José y María Josefa, diez mil pesos de legítima a cada uno, los que se le entregarán conforme tomen estado o fuesen mayores de edad. Y a la otra muchacha Isabel cinco mil pesos para que tome el estado que le parezca. Encomiendo la tutela y curaduría de todos ellos en primer lugar a don Juan José de Belzunce, en segundo lugar a Hipólito Unanue, en tercer lugar a don Matías de Larreta, que ruego los miren con aquella piedad que exigen dos huérfanos de un amigo desamparado de relaciones”.

Libertad al hijo de Fermina

En una cláusula aparte, en su testamento también dejó estipulado: “Mando se dé libertad de un mulatillo que está en la hacienda, de edad cuatro años nombrado José Manuel, hijo de una negrita llamada Fermina, y que se le fomente y se le enseñe oficio con que pueda mantenerse”.

Luego, a través de otra cláusula, decidió destinar 20 mil pesos para “remediar las necesidades de los pobres de las cárceles de esta ciudad” y que ese monto sirviera de base para formar una fundación que permitiera atender a estas personas en desgracia.

El adinerado cañetano, a través de otra cláusula, también decidió que a su ahijado Miguel Gómez de León se le nombre “primer violín de la Iglesia catedral de Lima, se le dé una casa para que tenga en el valle de Chincha, cuyos documentos quedan en mi alacena entre mis demás papeles”.

Propiedad con negros incluidos

En cuanto a sus propiedades, en la cláusula número 11, señaló: “Declaro por mis bienes y acciones la Hacienda de San Juan de Arona, con todos sus negros, y ganados, y la casa en que vivimos con un sótano anexo a ella, a más mis haciendas de Gómez, Pepián y Cerro Blanco, con todos sus negros, aperos y ganados, y la Plaza firme del Acho, con el privilegio exclusivo de jugar ocho corridas en cada un año. De todos los doce metros que justifican estas propiedades, dejo puntual noticia a mis apoderados”.

En la cláusula número 13 manifestó: “En el remanente de mis bienes, después de deducidas mandas, legados y acciones, instituyo por mi universal heredero a don Juan Belzunce, mi tío, para que disfrute de ellos mientras viva, con la facultad de disponer en su muerte de la mitad de todos ellos; y de la otra mitad, hacer fundar capellanías legas, libres de la Jurisdicción Eclesiástica. Todas las misas en doce pesos, para que le redunde más utilidad a mi hijo Juan José, que quiero sea el primer llamado a ellas mientras no tenga otros hijos legítimos, siguiendo los demás llamamientos en el orden establecido para las demás capellanías».

En su testamento, Agustín Landaburu y Belzunce, que fue hijo único, alcanzó en declararse de confesión católica y detallar que sus padres eran Mariana Belzunce y Salazar y el coronel de origen vasco Agustín Hipólito Landaburu, Perafán de Rivera, quien fue dos veces alcalde de Lima, gran inversionista en la construcción de la Plaza de Acho y adinerado terrateniente con haciendas en el valle de Cañete, al sur de la ciudad de Lima.

En parte de la historia se tiene registrado que varias de sus propiedades pasaron al científico y médico Hipólito Unanue, el cual aparece en este testamento como uno de los albaceas de Agustín Landaburu y Belzunce, quien como informamos líneas atrás, murió en 1814 .  

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