La transición de los partidos al siglo XXI: Más rubor ante la naturaleza cíclica

Fernando Rodríguez Patrón/Experto en temas electorales 23/09/2018

 

 

En las primeras líneas de La insoportable levedad del ser, Milan Kundera, a través de algunos ejemplos explicaba el efecto misterioso del eterno retorno, precisando que ciertos hechos históricos perderían su relevancia y peso en la historia si fuesen una repetición constante. La crisis partidista dada su naturaleza cíclica lo es. Correspondería ver su lugar en la historia.

No pretendo hurgar demasiado en el pasado, y solo propondré que retrocedamos a los años noventa, cuando el descrédito partidista se encontraba en la cresta de la ola e incluso se llegó a adjetivar a los partidos como “tradicionales”, de modo tal que se generó en el inconsciente ciudadano una asociación de ideas que vinculaba a los “partidos tradicionales” como miembros de una clase política desfasada, corrupta y responsable de la crisis política y social de entonces.

Quienes pregonaban, en ese entonces, el tradicionalismo de los partidos en su acepción peyorativa (si es que esto es posible) colocaban a todos los partidos en un mismo saco; sin embargo, sin apasionamientos, entiendo que el término engloba hoy en día conceptos diferentes, pues partido tradicional bien podría traducirse como partido histórico o partido democrático y, por tanto -salvo respetables opiniones en contrario- sólo podría alcanzar a los partidos ideológicos, programáticos, con enraizada y profunda inserción social y, sobre todo, con probada participación democrática, lo que en el Perú equivaldría numéricamente a tres o quizás cuatro organizaciones políticas.

Sin embargo, este cambio semántico que incluye a la vez un cambio positivo de bando, no fue acompañado de una reingeniería partidista que el paso de los tiempos demandaba.  ¿Ingeriría usted un remedio en cuyo envase se lee que su fecha de vencimiento expiró digamos hace cinco años?

Entiendo que no, sin embargo la crisis con la que parecer convivir permanentemente los partidos los desborda, pues exhiben sin rubor una cuestionada y poco prolija democracia interna cuyas aristas han sido expuestas a través de los medios, desnudando desavenencias internas casi insalvables en el obligatorio intento de renovar sus vencidos cuadros directivos.

Y es aquí donde las ideas literarias de Kundera encuentran una intersección con nuestra realidad partidista. No son líneas paralelas. La foto del descrédito de los partidos en los noventa nos muestra curiosamente a los mismos actores ya en la tercera década del nuevo siglo, solo que envejecidos, y la crisis se mantiene intacta siendo tal que ahora necesitan de un salvavidas que les permita subsistir pues con vistas a las próximas elecciones subnacionales, el máximo organismo electoral, en aras de privilegiar el derecho de participación política por encima de disputas fratricidas, acordó la participación de partidos que cuenten al menos con un Tribunal Electoral inscrito pese a que no tengan cuadros directivos vigentes.

Esta luz verde debe hacernos reflexionar respecto a cómo se deben manejar estas situaciones de crisis, recordemos que estos partidos vienen precedidos de precarios resultados electorales. Malos resultados electorales y falta de renovación de directivos son una combinación que no permite vislumbrar con optimismo el futuro de ningún partido.

A los partidos además de ‘monopolizar’ las candidaturas a cargos de elección popular, les corresponde canalizar la opinión pública, por tanto, la crisis que les asfixia debe ser motivo de preocupación de todos quienes creemos en el sistema democrático, no obstante encontrar soluciones no es sencillo y lanzar salvavidas sin duda no lo es, pues es un paliativo que coloca un tapón en una pared que seguirá agrietándose hasta derrumbarse.

Si los partidos no son capaces de adaptarse al paso del tiempo ni de encontrar soluciones democráticas, retomemos los principios que enarbola la reforma electoral y demandemos en sede parlamentaria la adopción de mecanismos que permitan la reorganización y modernización de los partidos políticos. No esperemos que la repetición cíclica acabe por relativizar un tema cuya naturaleza demanda atención prioritaria.

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