Arguedas reconoce su deuda a Lima y al mundo andino. Confesiones de 1966, novena parte

Un ciclo de conferencias relacionadas a las motivaciones de los escritores en la creación de sus respectivas obras se desarrolló en la Universidad Federico Villareal. El 24 de setiembre de 1966 fue el turno del escritor José María Arguedas, quien reveló a la audiencia diversas experiencias que influyeron en su literatura. Ese día, ante un grupo de jóvenes, el también antropólogo y etnólogo habló sobre la situación del país y de su migración en 1929 a la capital peruana, así como de la influencia del mundo andino en su vida y obra. Su testimonio aquí lo presentamos de manera literal

Investigación ÍTALO SIFUENTES ALEMÁN

PERÚ BICENTENARIO 18//06/2020

“Le debo a Lima tanto como a la sierra, es decir, que la actitud, la experiencia, como persona, como gente que ha vivido y esto es la… ya me estoy atropellando un poco por querer presumir las cosas tengo temor de fatigarlos. Bueno… llegué a Lima, las gentes comprendieron de que yo traía algo nuevo, algo distinto y traía algo distinto y algo nuevo porque verdaderamente había vivido todo lo que les había dicho a ustedes, pero hay así un factor fundamental al cual me estaba olvidando de referirme, que es muy importante: cuando yo llegué a Lima hacia 1929, la juventud tenía un horizonte limpio, un horizonte del cual recogíamos todos una fe inquebrantable, parecía que en muy pocos años se iba a instalar en el mundo un régimen justo e iba a triunfar el socialismo ya, ahí no más, que no faltaba nada, que estábamos casi para alcanzar las puertas del cielo.

La revista Amauta se distribuía en todo el país, es una cosa increíble en Huaytará, en Yauyos, en Pampas había agentes de la revista Amauta y que la distribuían muy bien. Por otro lado, si había discrepancias entre apristas y comunistas, en determinados aspectos extraordinarios, no lo había en cuanto a la seguridad de que la revolución social estaba ahí, a las puertas, entonces mi generación, la generación quizá más afortunada de este siglo en el Perú, entonces, la fe que yo había recogido de la entraña más íntima del pueblo indígena de los mestizos, de mi propia afirmación constante a lo largo de la educación que fue muy, muy regular, fue confirmada, fue cimentada con una doctrina y por la seguridad de que un mundo justo en el cual cada quien tuviera la oportunidad de contribuir con lo mejor que cada de uno de nosotros puede dar a la sociedad, iba a llegar.

No había el tipo de sociedad con la cual yo soñaba, aquella en la que el hombre tuviera libertad y oportunidad para ofrecer a los demás lo mejor que dentro de sus posibilidades podía ofrecer y en se sentido, tienen que creerme. Desde muy joven, no hice nunca diferencia jerárquica entre el intelectual y el trabajador manual. Yo nunca creí que un novelista por ser novelista debería considerarse superior a un lustrabotas porque si cada quien da lo más que puede dar de sí mismos, el mismo respeto, el mismo amor, y el mismo estímulo de los humanos, entonces los hombres de mi generación, yo no sé si todos, pero yo estoy perfectamente inmunizado contra el escepticismo y la amargura”.

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